Introducción: Esta carta, basada en una experiencia de la vida real, fue escrita por una dirigente del movimiento pro vida, quien por razones obvias desea permanecer en el anonimato.
Mi querido hermano:
Hoy, mientras me miraba alegremente en los ojos de mi pequeño hijito, me pregunté cómo es posible que alguien pueda hacerle daño a una inocente criatura como ésta que no puede defenderse, y lloré por todos aquellos bebitos que fueron abortados, y no tuvieron la suerte que tuvo mi hijo de poder nacer y ser acunado en los brazos de una madre que lo esperó con amor e ilusión.
Aunque no tuve la inmensa dicha de conocerte en esta tierra, te quiero mucho mi hermano, pues a través de los ojos del alma te he vislumbrado. Sé que de haber podido nacer, tendrías el pelo negro de nuestro padre y los ojos vivos y alegres de nuestra madre; quizás hasta te parecerías en algo a mí. En esta carta, la cual con el favor de Dios espero que los ángeles te hagan llegar, quiero pedirte que perdones a nuestra madre por no haberte permitido nacer. Verás; ella no sabía lo que hacía cuando fue a aquella mal llamada "clínica", donde un médico sin escrúpulos; que sí sabía que abortar es matar; destrozó con la cureta tu pequeño cuerpecito que apenas comenzaba a formarse, y con él destruyó también el plan de Dios para ti. Nuestra madre, pobrecita, no supo lo que había hecho hasta pasados muchos años.
Un triste día ambas contemplamos horrorizadas la realidad del aborto homicida reflejada en unas fotos, verdaderas pruebas de que el aborto es un crimen. ¡Qué dolor tan grande sentimos, querido hermano, al ver aquellas fotos por vez primera y comprobar cómo debió de haber quedado tu pequeño cuerpecito después del aborto que te privó de la vida; y el cual, aunque han pasado ya años, nuestra querida madre no ha podido olvidar! Hermanito, ella todavía sueña contigo, acerca de cómo serías, y yo a veces, cuando nos reunimos los demás hermanos en la mesa familiar con nuestros padres, siento en mi corazón tu ausencia que hace que el grupo esté incompleto y me pregunto cómo sería tenerte aquí con nosotros.
Allá en el cielo, donde sé que gracias a la misericordia de Dios te encuentras, ruego a Él que te lleguen mis pensamientos, y te pido perdón en nombre de nuestra madre, a quien el inmenso dolor del arrepentimiento y la carga que ha llevado en su conciencia por tu muerte; no la han dejado expresar en palabras lo que de veras siente. Ruega a Dios por ella, pues aunque sabe que Él la ha perdonado porque no sabía lo que hacía, todavía te recuerda y piensa en lo mucho que te hubiera querido, si tú hubieras nacido. Pídele a Él por otras mujeres, para que no caigan en el mismo error que cayó mamá, por falta de conocimientos. Yo por mi parte te prometo, que aunque no pude salvarte a ti del aborto, otros niños sí se salvarán por mis esfuerzos, pues trabajaré para llevarles a sus mamás el mensaje que la nuestra no recibió.
Te quiere y te recuerda siempre tu hermana que espera, con el favor de Dios, encontrarse contigo algún día en la eternidad...
FUENTE: Anónimo, "Carta al hermano que no conozco," Escoge la Vida (enero/febrero de 1991), suplemento "Caminos de Esperanza". Escoge la Vida es el boletín de Vida Humana Internacional.
Tuve la oportunidad de diseñar esa lápida, que dice su nombre completo 'Andrew James Smith, hermano gemelo de Sara'. Porque yo quería ver nuestros nombres allí. Porque pude haber sido yo, debí haber sido yo. Así que cada vez que voy, pienso en cuánto lo necesito, en que es parte de mi vida. Aunque nunca llegué realmente a conocerlo, pienso en cuánto ansío llegar a conocerlo, decirle todo lo que quiero decirle, cosas así.
A veces la gente me pregunta si odio a mi madre o si estoy molesta con ella porque me arrebató a mi hermano. Y yo les digo que he visto el dolor por el que ella ha pasado, me ha dicho tantas veces: '¡Perdón Sara, perdón, Dios quería que tuvieses a tu hermano gemelo y yo lo impedí, traté de quitarte a tí también del medio'. Yo no tengo derecho a agregarle más culpa de lo que ya tiene sobre su espalda.
FUENTE: Texto del programa transmitido por el canal 13 de televisión católica en Santiago, Chile, 1994.
A los hijos que ya han nacido también les afecta la muerte de un bebé. A menudo, los padres piensan que los niños no se dan cuenta del embarazo de su madre, pero inclusive los más pequeños saben si ella se practicó un aborto. Cuando Juan, el hermano de Matt murió, Matt experimentó síntomas que son típicos de un niño que sobrevive un aborto, como por ejemplo, enojo contra los médicos, los hospitales y contra Dios. También experimentó culpabilidad y, como resultado, autocastigo, pertubaciones en el funcionamiento cognoscitivo y en el rendimiento escolar, depresión y tristeza.
Las niñas también pueden experimentar temores acerca del embarazo y de su femineidad por su identificación con la madre.
Los síntomas de dolor en los padres, tales como el shock y la depresión, pueden ser aterradores para un niño pequeño. Un estudio demostró que aún los bebés de dos a cuatro meses de edad se muestran seriamente perturbados, cuando sus madres se sientan frente a ellos sin hablar y sin una expresión en el rostro durante dos o tres minutos. Los niños pueden sentirse abandonados por sus padres afligidos y éstos pueden erigir una barrera emocional entre ellos y sus hijos, debido a la culpabilidad y a la pérdida de confianza en su capacidad de ser padres. Los niños acongojados pueden también sentirse confundidos porque están sufriendo de una manera distinta a la de sus padres.
Un niño menor de cuatro años generalmente entiende la muerte sólo como una separación temporal. Los niños de cinco o seis años creen generalmente que el muerto puede ver y oír pero que no puede moverse. Entre los siete y los nueve años, los niños empiezan a comprender que la muerte es un estado final e irreversible. En esta etapa un niño puede soñar más acerca de la muerte y empezar a pensar en su propia muerte. Entre los diez y los doce años, la muerte es aceptada como algo universal, irreversible e inevitable. El sufrimiento durante los años de la adolescencia está marcado por el extrañar la relación con un ser querido. Debido a que los niños se hacen cada vez más conscientes del significado y la finalidad de la muerte, generalmente no sufren con intensidad después de una pérdida, pero hay mayor posibilidad de que sufran de una manera intermitente en los años venideros.
Eventualmente, los niños muestran su reacción ante la muerte a través de tres preguntas principales: "¿La causé yo?" (Los niños creen que los deseos tienen poder y si un niño ha deseado algun vez que una persona no esté cerca y luego esa persona muere el niño puede sentirse responsable.) "¿Les ocurrirá a quienes yo quiero?" "¿Me pasará a mi pronto?" En cada edad, los niños necesitan tener la seguridad de que no hicieron nada para que esta persona muriera y que son amados, aún cuando sus afligidos padres no puedan estar emocionalmente presentes con ellos.
Los niños afligidos pueden dar indicios de que necesidan ayuda y amor mediante una repetida conducta agresiva u hostil, un bajo y prolongado rendimiento escolar o conductas regresivas e inseguras que persisten con el tiempo.
Cuando los padres superan el sufrimiento a causa de un niño nacido muerto o abortado, quedan libres para ofrecer ayuda y amor a sus otros hijos vivos. Cuando ellos dan y reciben perdón con su niño por el bebé abortado, no sienten más ni culpa ni rabia, ni transfieren ésta a los otros miembros de la familia. Orar por un bebé que ha fallecido puede curar a los hijos que todavía viven y a familias enteras.
FUENTE: "Los hermanos del bebé abortado también sufren," Escoge la Vida (enero/febrero, 1991), suplemento "Caminos de Esperanza".
