| | Volver al índice Jaime García Terrés (México, 1924-1996) Abogado , estudioso de la ética y de la estética, y también de la filosofía medieval en Francia; embajador de nuestro país en Grecia, funcionario de la UNAM, del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Fondo de Cultura Económica: encontró tiempo para ser poeta, su quehacer principal.
Ensayista también, analizó y comentó libros de otros poetas; los tradujo. Tenía ascendencia catalana y fue muy mexicano, no nada más por haber nacido en México sino porque le inquietaba, dolía o alegraba cuanto en la patria sucede; quería que las cosas marcharan mejor y la manera en la que trataba de abrir para sus conacionales otros rumbos, otros universos, era escribir poesía. En una de sus mejores páginas en prosa, Defensa de la poesía, escribe que un pueblo despojado de poesía “será un pueblo sin respiración, miope a los horizontes y dueño apenas de una humanidad mutilada”. Acerca del poeta, dice: “artesano de los signos, debe ante todo conocerlos, calibrarlos, ejercitarse en y con ellos, para torturarlos y desbordarlos”. En su primer libro, Panorama de la crítica en México, ya generosamente se ocupaba del trabajo de otros. Lo publicó a los 17 años y a los 22 era subdirector del INBA. Entre sus libros de poesía: Las provincias del aire (1956), Todo lo más por decir (1971), Corre la voz (1980). Las manchas del sol reúne los poemas escritos de 1956 a 1987. En su antología Cien imágenes del mar (1962) compiló versos de autores mundialmente conocidos. En 1968 tradujo a Giórgos Seféris. Como ensayista publicó, en torno a Freud, Ideología y sicoanálisis (1967). Reloj de Atenas data de 1977. A su vez, García Terrés ha sido estudiado, analizado, comentado y criticado por escritores de prestigio, entre ellos Octavio Paz, David Huerta y José Emilio Pacheco. Este último es quizás el que más comprendió lo grande de la obra de Jaime y su calidad como ser humano, como intelectual no aislado en su torre sino presto siempre a compartir con otros lo que puede tener de bello la existencia. Escribió José Emilio Pacheco: “La elocuencia de García Terrés se halla en razón directa de su sobriedad. En la perfecta alianza de sonido y sentido que se da en sus poemas, la destreza rítmica nunca aparece como algo exterior sino como el medio preciso de suscitar en quien lo lee la experiencia transmitida en los versos. De Las provincias del aire (1956) a Corre la voz (1980), Jaime García Terrés escribió una de esas obras intensas, irremplazables, que hace de la excelente aunque casi siempre ignorada y desdeñada poesía mexicana una de las líneas centrales de la lírica en nuestro idioma”. A pesar de las muchas críticas elogiosas que le han sido dedicadas, García Terrés no ha sido hasta ahora estudiado, comentado exhaustivamente, como él estudió y comentó a otros escritores, mexicanos y extranjeros. No ha sido leído con la profundidad, acuciosidad, inteligencia y sensibilidad con las que él a otros leyó.
Intensa. Irremplazable. Así queda justamente definida la obra de Jaime García Terrés, nacido en la ciudad de México, poeta del mundo, ejemplo de una poesía de la razón en la que la pasión nunca queda excluída.
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Oniromancia
Inescrutable mente que me piensas, piensa pronto y burila con denuedo redondos agujeros entre tu pesadilla, treguas de luz por donde pueda subir a conocer otros parajes sin tanto movimiento pendular de promisorio germen a pétalo caído. Dibújame siquiera un árbol dócil a mi sed anacrónica de frutos, para gustarlos firmes y tan sápidos como la juventud en el otoño.
Ya no quisiera ser jirón de sueño; más bien el vendaval de la vigilia: color azul en alza permanente y en la orfandad azul de nubarrones, quizá timonel de lábiles rayos despiertos al unísono; pero más bien, más bien el deseado fruto mismo, sin árbol ni declive, que a sí propio se diera y se comiera pendiente del abrirse de tus párpados.
No sé como llamarte ni de cuánta fuerza dispones, mente soberana. De tu fabulación a la deriva mínimo personaje soy apenas capaz de remover el aire quebradizo de mis prisiones al final del juego. No sé si tus virtudes alcanzan a medir y penetrar mi tiempo de mentiras en amorfos instantes dividido. ¿Acaso yo domino la progenie de mis apresurados pensamientos?
Hablas a veces; pero no comprendo las señas principales. ¿Qué me quieres decir con esas tumbas, con cada reventar de cada estrella más allá del rejuego cotidiano, con esa perezosa madrugada que reniega su origen y sus dones? ¿Me responde tu voz cuando pregunto, es el eco furtivo de la mía? En sueños vivo disecando sueños.
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Carencias Urbanas (1974)
Esta ciudad --nacida de las aguas-- no tiene ríos ni lagos verdaderos; todos fueron trocados por el polvo que periódicamente nos invade, no asfixia, nos duele como rezago de pacientes crímenes.
Bajo ‘las torres cuya cumbre amaga’ esta ciudad reduce los colores al insignificante claroscuro; cubre sonámbula sus amapolas y ofrece cardos a la sed furtiva.
En el fondo carece de refugios para los malheridos o los débiles. Rabia, duerme, trajina, pero no considera la punzante soledad en las últimas esquinas. Es una gran caserna sin estilo, donde se cobra más de lo prudente. Púdrese ya, Bernardo de Balbuena, la por ti sazonada golosina sabrosa de las vidas.
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