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Alfonso Reyes
(México, 1889-1959)
Es Alfonso Reyes uno de los más grandes escritores. Y es mexicano, nacido en Monterrey. Decimos “es” porque en las páginas de su literatura vive. Leerlo no es fácil, pero resulta maravilloso y grato. Al ignorante le parece aburrido. Al que tiene deseos de saber lo atrapa, y conquista, y llega a parecerle ameno.

Internacionalmente no se le concedieron grandes premios: los que merecía. En México recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1945 y doctorados honoris causa de diversas universidades, entre ellas la UNAM, donde se tituló de abogado. Su carrera diplomática lo llevó a Francia, España (encargado de negocios de 1922 a 1924); embajador en Argentina y en Brasil.

Puede decirse que difundir la cultura y ayudar a los jóvenes escritores fue para él actividad constante. En 1909 fundó el Ateneo de la Juventud, con aquellos hombres de mente preclara que fueron José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso. En la Escuela Nacional de Altos Estudios fundó las cátedras de lengua y literatura españolas. Fundó y presidió la Casa de España, que se convirtió después en El Colegio de México. También ejerció el periodismo y dio tiempo para escribir un centenar de libros, entre ensayo, narrativa, teatro y poesía.

¿Influyó en su vida y obra ser hijo de Bernardo Reyes? Ciertamente, aunque Alfonso a veces lo negaba. El gran dolor por la muerte de su padre quedó expresado en el texto Oración del 9 de febrero. Bernardo Reyes fue general de Porfirio Díaz, gobernador de Nuevo León y secretario de Guerra y Marina. Encabezó un movimiento contra el presidente Madero y fue encarcelado en 1913. Al inicio de la Decena Trágica lo liberaron y murió frente al Palacio Nacional, cuando intentaba un golpe de Estado. Su hijo Alfonso Reyes tenía entonces 24 años. En 1917 escribió Visión del Anáhuac, en 1924 Ifigenia Cruel y en 1926 Reloj de sol. De ahí en adelante, libros que le dieron gran prestigio, hasta que el Fondo de Cultura Económica inició la publicación de sus Obras completas.

Sonrisa siempre afable. Ojitos traviesos. En la biblioteca de su casa dormía en una improvisada cama, muy pequeña, sobre tablones duros; de sus libros no quería separarse. Cuidada la biblioteca su esposa, la inefable doña Manuelita. Ahora, su nieta Alicia Reyes dirige la Capilla Alfonsina, desde 1965, y allí, en 1973, creó diversos talleres literarios; así mismo fundó la Sociedad Alfonsina y el Premio Internacional Alfonso Reyes, junto con el escritor Francisco Zendejas.

Escribía Alfonso Reyes en una muy vieja máquina mecánica. Se molestó mucho cuando doña Manuelita, pretendiendo agradarle, retiró el viejo armatoste y lo substituyó --todavía no eran tiempos de computadoras-- por otra máquina más moderna. Le sucedió lo mismo que a Bertold Brecht: a quienes visitan en Berlín la casa del escritor alemán, ahora convertida en museo, los guías les cuentan que la esposa de Brecht, la actriz Helene Weigel, sustituyó un viejo gabán del dramaturgo por un abrigo nuevo y eso causó gran disgusto al creador de tantas célebres obras de teatro.

Murió Alfonso Reyes a los setenta años de edad, un 27 de diciembre, aquejado por males cardiacos que hacía tiempo lo perseguían. Cinco días antes había escrito una página, la última que se conoce, al recibir la noticia de la muerte de su amigo Genaro Fernández Mac Gregor.

De Reyes es difícil elegir algún texto; todos fascinan. Reproducimos a continuación un fragmento del poema dramático Ifigenia Cruel por haber sido considerado como uno de los textos clásicos en las letras mexicanas. Se ha puesto en escena muchas veces y el público siempre lo ha agradecido, atrapado por la belleza que el autor supo dar a esta obra inspirada en la mitología griega.

La leyenda que inspiró a Eurípides sus obras Ifigenia en Áulide e Ifigenia en Táuride, fue después retomada por Racine, Goethe y muchos otros. De la Ifigenia Cruel de Alfonso Reyes señala Carlos Montemayor que no persigue venganza y actúa sin memoria; regresa no como sacerdotisa ni como virgen sagrada sino para desposarse; debió morir, pero vive; debió ser sacrificada y es implacable sacrificadora.



Ifigenia Cruel
(Fragmento)

Orestes:
Sujetadla y que beba la razón
hasta lo más reacio de sus huesos.
Hínchate de recuerdos,
óyelo todo: en Áulide fuiste sacrificada;
pero Artemisa te robó a su templo
a la hora en que Calcas descargaba el cuchillo,
y cayó en tu lugar, forjada de tu miedo,
cierva temblona que mugió con muerte.


Ifigenia:
Orestes, soy tu hermana sin remedio,
y en el torrente de la carne siento
latir la maldición de Tántalo.


Pero contéstame, pues me castigas
de envidiar la miseria de las hijas de Táuride
y desear la vida compartida
--humano pan de donde todos coman--,
¿no me estaba yo bien, guijarro de esta roca,
arista desgajada de la Diosa?
¿No me fuera más dulce la sombra en que yacía
y el destazar continuo de las víctimas?
¿A qué trajiste el rayo de mi casa
a la ribera en que estaba yo perdida?


¡Ay hermano de lágrimas, crecido
entre la palidez y el sobresalto!
¡Déjame al menos que te mire y palpe,
oh desvaída sombra de mi padre!

Coro:
Entran los ojos en los ojos. Andan
tentándose las manos con las manos.
Y en la arena, la huella de la hermana
acomoda a la huella del hermano.

Orestes:
Y déjame que alivie tanto llanto
--¡ay hermana que fuiste mi nodriza!--
viendo rodar mi lloro por tu cara
y latir en tu cuello mi fatiga.

Coro:
¡Señora! ¿Y te acaricia? ¡Y tú te doblas
debajo de su barba! Y nos pareces
más pequeñita, al paso que reviven
y te van apretando las memorias.

Ifigenia:
¡Suelta, suelta, que mi dolor no importa!
No me abandones, Diosa,
y permite que huya de mí propia
como yegua que intenta salirse de su sombra.

Orestes:
¿Recuerdas?

Ifigenia:
Sí. --Llegamos en el carro:
mi madre --porque es mi madre, Orestes--,
tú, tierno niño que sólo ríe y llora,
yo, y los presentes de mi boda.

Me bajaron en brazos las muchachas de Calcis,
como a la prometida del nieto de Nereo;
y a ti, con delicadas manos,
para no sacudir tu frágil sueño;
que eran asustadizos los caballos,
y no obedecían a la voz.

Saltamos como terneras sueltas en prado.
Ignorando las rudezas del campamento,
yo, corazón nupcial, fiesta hacía de todo.

Y he visto a los dos Áyaces, amigos de armas;
y a Protesilao y Palamedes
que jugaban con unas figurillas;
y a Diomedes, hecho a lanzar el disco;
y al portentoso Merión, raza de Ares;
y al hijo de Laertes, engañoso;
y al hermoso Nireo, el más hermoso.

A pie, de lejos, disputaba Aquiles
--oh sienes más hechas al dolor—
victorias de carrera a la cuadriga
de Eumelo, que acosaba a los caballos
blancos del yugo,
y a los rojos manchados que iban a larga rienda.

Coro:
¡Oh Paris, Paris, que con la flauta frigia
apacentabas novillos en el Ida!
¡Oh juez de diosas y ladrón de hogares,
cómo va a perecer por ti la flor del año!

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