| | Volver al índice César Vallejo (Perú, 1892-1938) De César Vallejo se ha dicho que a la poesía “la asimila, la exagera, la destruye, la lleva a la otra orilla”. (Roberto Fernández Retamar). Antenor Orrego, en su prólogo al libro Trilce, ve en el autor “una técnica renovadora y distinta, la vocalización de la palabra original, la edénica puerilidad del vocablo, una manera personal y directa con la que el poeta rompe a hablar porque acaba de descubrir el verbo”. Profunda influencia, cual muchas veces sucede, de la vida personal del creador en su obra. Nace Vallejo en Santiago de Chuco, de padres mestizos, ambos hijos de sacerdote español en unión libre con mujer indígena. Mestizaje que habrá de marcar la vida y obra del poeta. Estudia filosofía y letras, derecho y medicina. Su primer libro, Los heraldos negros, se publica en Lima, en 1918. En 1920 pasa unos meses en la cárcel, víctima de absurdo proceso, y al salir publica Trilce. Parte el año siguiente a Europa y nunca regresa a su patria. Muere en París, donde fue enterrado en el cementerio de Montrouge; quienes visitan su tumba suelen recordar su conocido verso: “su cadáver estaba lleno de mundo”. Vivió también César Vallejo en España y en la Unión Soviética, donde se adhirió al Patido Comunista y publicó su libro Rusia 1931. Reflexiones al pie del Kremlin. Cuando la guerra civil española, inciada en 1936 con el golpe de Estado del franquismo, participó activamente en favor de la libertad y de la República. España, aparta de mí ese cáliz es una colección de poemas inspirados por la guerra civil y cuya primera edición fue publicada por los soldados del Ejército Republicano, pero la destruyeron los fanlangistas al caer Cataluña. El libro ha sido considerado como la mejor poesía escrita sobre el tema. Dice en él Vallejo: “ . . . si hay ruido en el sonido de las puertas,/ si tardo,/ si no veis a nadie, si os asustan/ los lápices sin punta; si la madre/ España cae digo, es un decir-,/ salid, niños del mundo; id a buscarla”. Largos estudios y no pocos libros, entre ellos los de Luis Monguió, Juan Larrea, André Coyné y Xavier Abril, han sido dedicados a la obra de César Vallejo, que marcó con honda huella a las generaciones de poetas que le sucedieron. Ya el primer libro, Los heraldos negros (rebelión del mestizo, combate entre el indio y el conquistador español), acusa influencias modernistas y anuncia al futuro César Vallejo, el de la ruptura con las leyes de lógica y sintaxis, el de las imágenes extrañas y visiones metafísicas. Desde Los Heraldos, había en la poesía de Vallejo cierta forma de fatalismo, ni indígena ni tampoco americano, más bien diríase producto de un escepticismo ya ni siquiera español sino localmente, regionalmente castellano. Vallejo huyó de su pueblo a la gran ciudad, llevó vida de trabajo solitario, nada tuvo que ver con las firivolidades del mundo burgués y se refugió en París, donde decidió vivir como “poeta maldito”. Posteriormente, nunca como durante la guerra de España, llegó César Vallejo a sentirse tan español. España, aparta de mí ese cáliz se cuenta entre lo mejor de su creación. Al ubicar a Vallejo en el ámbito internacional, vemos que 1922, año de la publicación de Trilce, es también el año de la marcha de Mussolini y las camisas negras sobre Roma, el año en que se publican Ulises, de James Joyce, y La tierra baldía, de T.S. Elliot. Dos años después surgen en Francia los poetas que crearon el movimiento surrealista.
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Poemas Humanos Un hombre pasa con un pan al hombro
Un hombre pasa con un pan al hombro. ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo. ¿Con qué valor hablar del sicoanálisis?
Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano. ¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando un brazo a un niño. ¿Voy, después, a leer a André Breton?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre. ¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras. ¿Cómo escribir, después, del infinito?
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza. ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente. ¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance. ¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda. ¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va en un entierro sollozando. ¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina. ¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos. ¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?
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