| | Volver al índice Daniel Cosío Villegas (México, 1898-1976) Abogado, maestro en filosofía, economista, secretario general de la Universidad Nacional Autónoma de México (de 1929 a 1931), diplomático, periodista, fundador de la casa editorial Fondo de Cultura Económica y de la Casa de España, que fue después El Colegio de México, Daniel Cosío Villegas, escritor, pensador, múltiples veces calificado de “sabio”, fue uno de los intelectuales que más han trabajado por la cultura en bien de nuestro país.
Tiempos le tocaron vivir (aunque mucho no duraron) en que a la cultura algunos le daban mayor importancia que a las finanzas. En 1937, como encargado de negocios en Lisboa, dio apoyo a la llegada a México de los republicanos liberales, exiliados aquí a consecuencias de la guerra civil en España e implantación de la criminal dictadura franquista. Sabido es que la emigración española aportó a México trabajo y prosperidad y trajo a intelectuales y maestros que mucho hicieron por engrandecer al país e incrementar su prestigio más allá de nuestras fronteras.
Cosío Villegas fue autor, principalmente, de ensayos y análisis sobre economía. Desde 1919 hasta su enfermedad y muerte, ejerció el periodismo y frecuentemente con sus artículos despertó polémicas. Es sobre todo conocido por sus obras de crítica política: El sistema político mexicano (1972), El estilo personal de gobernar (1974) y, en cuanto a ensayos, La Constitución política de 1857 y sus críticos. Como historiador, realizó trabajo excepcionalmente valioso al dirigir la monumental obra Historia Moderna de México (1867-1910), diez tomos de los cuales Cosío fue autor de cinco volúmenes. Fue también coordinador de la Historia General de México y dirigió la Historia de la Revolución Mexicana. Significaron estas creaciones años y más años de trabajo, renunciar a distracciones, paseos y otras “libertades” por aferrarse a la libertad de escribir. A muchos escritores esto les ha sucedido y generosa, desinteresadamente lo han otorgado, pero en el caso de Daniel Cosío Villegas su vocación como escritor le permitió aclarar en la historia de México verdades que, como ocurre en otras naciones, habían sido dolosamente tergiversadas para favorecer a gobernantes en turno, dictadores las más de las veces. En este sentido la posición de Cosío Villegas fue siempre vertical, intransigente ante la corrupción, clara y rotunda, definitiva. Travieso, se quitaba la edad diciendo que había nacido con el siglo y no en 1898. Dedicó los dos últimos año de su vida a escribir sus Memorias, publicación póstuma en la que siguió aportando datos históricos. Su afán autocrítico fue constante. Se autodefinió como un creador de empresas culturales. Ernrique Krauze, en su “biografía intelectual” de Daniel Cosío Villegas, lo califica de “imaginativo, agresivo, constante, congruente, visionario, honesto, cosmopolita, riguroso, apasionado”. Destaca que “creyó en el poder limitado, pero real y autónomo de la cultura” y que dedicó buena parte de su vida a educar mediante sus escritos. La lectura de los libros de Daniel Cosío Villegas sigue siendo, hoy, imprescindible.
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Memorias (Fragmento del Tramo Catorce)
El caso del Presidente Alemán tiene un cierto interés, pues habiendo sido discípulo mío en la Facultad de Derecho parecía que podía haber tenido con él alguna relación y aun una relación “especial”. No sólo él, sino varios que a su amparo destacaron en la vida pública, digamos Antonio Carrillo Flores, Manuel Sánchez Cuén, Andrés Serra Rojas, etcétera, lo fueron también y con ellos sí tuve algún trato. Es más, puede recordarse que nombró ministros a varios profesores de esa misma Facultad, Alfonso Caso, Manuel Gual Vidal, Agustín García López. Y encumbró a varios compañeros suyos: Serra Rojas, Carrillo Flores, entre otros. Pues bien, no lo traté ni siquiera lo vi mientras fue Presidente, y después, en dos ocasiones únicas. La Universidad de Texas inició una serie de seminarios sobre la vida política del país con un plan bastante bien pensado, pues se propuso invitar tanto a intelectuales que estudiaban teóricamente esa vida como a otros que habían participado en ella activamente. Yo hice la primera exposición, y la respuesta a ella de los profesores y estudiantes avanzados fue tan estimulante que tomé un señalado interés en el éxito del programa todo. Ese fue el motivo por el cual se me pidió, a nombre de la Universidad de Texas, o más concretamente de su Instituto de Estudios Latinoamericanos, invitar a don Miguel para participar en el programa. Me valí de Xavier Baz para conseguir la cita necesaria y juntos llegamos a la casa de don Miguel, que nos recibió al instante. Le expuse los propósitos del programa, le di los nombres de los que ya habían participado en él y, sobre todo, insistí en la importancia enorme de que una figura como la suya participara; en fin, le expuse el modus operandi de estos seminarios: una exposición escrita, que se reproduce para repartirla entre los invitados, y una discusión sobre los temas tratados en la exposición. Aceptó, pero con la salvedad de que no haría una exposición previa, escrita o verbal; en cambio, contestaría las preguntas que se le hicieran. Al despedirnos, don Miguel le dijo a Xavier Baz: “Usted no sabe que este señor fue maestro mío . . . hace ya muchos años, es verdad; pero no se crea, ya desde entonces era un ideólogo”. Asistí, por supuesto, a las dos reuniones de ese seminario; es más, como advirtiera yo un cierto desencanto entre los asistentes porque don Miguel parecía rehuir más que contestar las preguntas, le disparé cuatro o cinco con el mayor veneno posible. Pero no tuve, en rigor, oportunidad de hablar con él, pues estaba constantemente rodeado de gente que quería hacerle alguna atención.
Cuando estaba yo preparando mi libro La sucesión presidencial conseguí a través de su hijo (a quien sigo llamando Miguelito) una invitación a comer en su casa. Fue muy grata esta reunión, primero, por las bebidas de espléndida calidad; después por la comida, sencilla, de buen sabor, y sobre todo por la conversación, que duró tres horas. No le saqué gran cosa, desde luego ningún “secreto político”. Tenía yo interés, por ejemplo en averiguar si, como se ha dicho siempre, siu primera elección fue la de Casas Alemán, a quien debió abandonar ante la seria oposición que halló. Me dijo que, en realidad, Casitas fue el primero en organizar grupos de apoyo a los que él, Alemán, no podía desatender; pero que surgieron otros más activos y fuertes, que se inclinaron por Ruiz Cortines. Volver al inicio Volver al índice |