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Efraín Huerta
(México, 1914-1982)
Efraín Huerta, el hermoso “gran cocodrilo”, como sus amigos lo llamaban,fue ensayista, conferencista y periodista, pero ante todo poeta cuyo reconocimiento trascendió fronteras, traducido a varios idiomas y considerado en las principales antologías mexicanas e historias de la literatura nacional. El gobierno de Francia le otorgó la Palmas Académicas en 1945 y en México recibió el Premio Nacional de Literatura y el Premio Xavier Villaurrutia. Más allá de los premios, Efraín Huerta sencillamente fue genial.

Hombre valeroso, logró superar una laringectomía, intervención quirúrgica que lo dejó sin voz, su voz física, porque su voz de poeta se siguió oyendo. Hombre generoso, fue agudo, incisivo, siempre con sentido del humor, siempre al día, liberal en sus creencias políticas, idealista, defensor de la causa republicana en la guerra civil de España de 1936, autor de una Cantata para el Che Guevara y un Testimonio de lo diamantino, también en memoria del comandante.

David Huerta, poeta, hijo del genial Efraín, lo describe como “un ejemplar espléndido --humana y artísticamente, si ambas cosas pudieran separarse-- de la bohemia latinoamericana” y también como “un mexicano amantísimo de su país, que por turnos lo encolerizaba y lo enternecía; mejor dicho, lo irritaba y entristecía ver como México se convertía en teatro del deshonor y de la violencia del poder, así como lo conmovía advertir la íntima nobleza de tantos compatriotas”.

Efraín Huerta, todo donosura, física e intelectual. Cuán agradable su trato, tan afectuoso como podía ser terrible cuando lanzaba sus poemas de protesta. El amor, Absoluto amor, título de su primer libro en 1935, y la soledad fueron sus temas principales, unidos a su protesta contra la injusticia. Larga lista hemerográfica es testimonio de su obra periodística: generosamente escribía artículos crónicas acerca de otros creadores que no tenían el talento de él; esas crónicas “que nunca hubieras querido escribir”, en oposición con los “poemas posesión”, “tus poemas”, por los que habría dado la vida. Pasó sus últimos años en un modesto departamento de la calle de Lope de Vega, en la colonia Polanco. Se subía sin elevador, se llamaba a la puerta como se podía (no había timbre) y abría Efraín, alegre sonrisa que por la enfermedad no se había dejado vencer.

Efraín Huerta, nacido en Silao, Guanajuato el 18 de junio de 1914 y muerto el 2 de febrero de 1982 en la capital de México, que le inspiró versos a la vez serenos y estrujantes, a la vez realistas y surrealistas; como todos sus poemas, únicos.

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Responso por un poeta descuartizado

Claro está que murió ---como deben morir los poetas,
maldiciendo, blasfemando, mentando madres,
viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.
Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas habitaciones
donde perros, orgía, vino griego, prostitutas francesas, donceles
y príncipes se rinden
y le besan los benditos pies;
porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad
y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de alcohol
bebidos a pleno pulmón,
así deben beber los poetas. Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y la agrias albas
y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo a que
te obligan,
la crónica que nunca hubieras querido escribir
y los poemas rubíes, los poemas diamantes, los poemas
huesolabrado, los poemas
floridos, los poemas toro, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas daríos, los poemas madres, los poemas
padres, tus poemas . . .

Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió los cielos
y tropezó mil y un infiernos
al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios trasegando
absintio
(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo) ante el azoro y
la soberbia estupidez de los cónsules y lo dictadores, la
chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales. Maldiciendo, claro, porque en la agonía estaba en su derecho
y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,
dijo Rubén al niño triste que oyó su testamento), ¿ por qué
no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara
de un lirio?
Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino
hecho de luces y tiniebla, pulido por el aire de los
Andes, la neblina de los puertos, el ahogo de Nueva York,
la palabra española, el duelo de
Machado, Europa sin su pan.
Rugía, impuramente como deben rugir todos los poetas que
mueren (¡Qué horror, mi cuerpo destrozado! )
y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus --y nunca le hallaron
nada sino dolor en la piel
limpios lo riñones heroicos, limpio el hígado, limpio y soberbio
el corazón
y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, como
un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como la mansión
de lo dioses, como el penacho de un emperador azteca, de
un emperador inca, de un guerrero taíno;
cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo
cuerpo, ay, de mieles y nardos
(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta
divino, anchura de navío),
el cerebro donde estallaron lo veintiún cañonazos de la fortaleza
de Acosasco
y que luego. . .

Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad de
destrozarlo, enteramente destazarlo, como a
una fiera selvática, como al toro americano,
porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho
vida, muchísimo universo
necesariamente sus vísceras tenían que ser
universales, polvo a los cuatro vientos,
circunvoluciones repletas de piedad, henchidas
de amor y de ternura.
Aquí el hígado y allá los riñones.
¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado,
de garra en garra como un puñado de perlas.
Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue
sacado a la luz antes del alba;
y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles
y la policía dijo, chilló, bramó:
¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío --mil
ochocientos cincuenta gramos—fue a dar a la
cárcel
y fue el primer cerebro encarcelado, el primer
cerebro entre rejas, el primer cerebro en una
celda,
la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne
degollado.
Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, por
esa agonía de pirámide arrasada,
el poeta que todo lo amó
cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el
suave crucifijo, el Cristo de marfil que otro
poeta le regalara -Amado Nervo-
y me parece oír cómo lo dientes le quemaban
y de qué manera se mordía la lengua y la piel se le
ponía violácea
nada más porque empezaba a morir,
nada más porque empezaba a santificarnos con su
muerte y su delirio, su blasfemias, sus
maldiciones, su testamento,
y nada más porque su cerebro tuvo que andar de
garra en mano y de mano en garra
hasta parecer el ala de un ángel,
la solar sonrisa de un efebo,
la sombra de recinto de todos los poetas vivos,
de todos los poetas agonizantes,
de todos los poetas.
19 de enero de 1967

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