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Enrique González Martínez
(México, 1871-1952)
Era de Guadalajara, médico rural, político, diplomático y poeta. Como político y escritor, dos acontecimientos principales lo marcaron y suscitaron discusiones que todavía se producen: el primero, al publicar en 1911 su libro Senderos Ocultos y el segundo un hecho que se produjo en 1913, durante la Revolución.

Jorge Vera Estañol era titular de la entonces llamada Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, en el gabinete del tirano Victoriano Huerta, y un día de aquel 1913 González Martínez recibió una llamada telefónica de Vera Estañol, que le ofrecía una subsecretaría. La aceptó. Cómo fue posible que admitiese colaborar con el usurpador Huerta. De ello se arrepintió después; sin embargo en 1912 ya había sido director del órgano antimaderista Argos.

Dos años antes, Senderos Ocultos le había dado fama a Enrique González Martínez. Principalmente el soneto Tuércele el cuello al cisne. . . , que causó polémica. Nunca negó el autor su formación poética apegada a la escuela modernista, pero Tuércele el cuello era clara respuesta a La muerte del cisne, de Rubén Darío, y fue considerado como un manifiesto literario en oposición al nicaragüense. Era ciertamente una expresión que se oponía a la primera etapa preciosista que tuvo el modernismo y de la que el propio Darío no tardó en apartarse. González Martínez, lo mismo que otros autores mexicanos de la época, resintió gran influencia de los poetas franceses y entre éstos ya se había criticado el cisne de Darío, a quien la posterioridad no por ello le regateó méritos. En tanto que Enrique González Martínez siguió siendo el último gran poeta del movimiento modernista.

Entre otras obras del mexicano se cuentan Segundo despertar y otros poemas (1945), Babel (1949), y El nuevo Narciso y otros poemas (1952), obra póstuma. Obras autobiográficas son El hombre del búho (1944) y La apacible locura (1952).

Ese gran escritor que fue Jaime Torres Bodet (1902-1974) destacó que toda la obra de González Martínez está dedicada al hombre, a lo más específico que hay en el ser humano, y como ejemplo cita, del libro Parábolas, y del poema Parábola del huésped sin nombre, los versos que narran cómo un desconocido llama a la puerta del poeta y éste lo interroga:

“---¿Quién eres tú? ¿De dónde
vienes y a dónde vas?”

A lo cual responde el peregrino:

--- Nunca supe quién soy, y no sé nada
del principio y del fin de mi jornada.
Yo sólo sé que en la llanura incierta
de mi peregrinar, llegué a tu puerta;
que mi cansancio pide tu hospedaje,
y que a la aurora seguiré mi viaje.
Destino, patria, nombre. . .
¿No te basta saber que soy un hombre?

Como homenaje a González Martínez, el Colegio Nacional publicó sus Obras completas en 1971, centenario de su nacimiento. De él escribió Alfonso Reyes: “ “Uno de los hombres más extraordinarios y uno de los poetas más altos de nuestra América”.

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Cuando sepas hallar una sonrisa....
                            (A Ricardo Arenales)

Cuando sepas hallar una sonrisa
en la gota sutil que se rezuma
de las porosas piedras, en la bruma,
en el sol, en el ave y en la brisa;

cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y la muerte;

cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando invisibles universos,

entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al celaje y a la fiera.

Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y de cosas tu ser mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la cumbre.

Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la azucena,
bendecirás las márgenes de arena
y adorarás el vuelo del insecto;

y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las dalias. . .
Y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir a las piedras del camino.

Tuércele el cuello al cisne

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente:
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda. . . y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno. . .

Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.

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