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José Joaquín Fernández de Lizardi
(México, 1776-1827)
Nacido en la ciudad de México, de padres criollos, después de cinco años de estudios abandona el Colegio de San Ildefonso; años después acabará por obtener el título de médico, pero a escribir dedica toda su vida, como periodista y como novelista.

Es su primera obra un poema para celebrar a Fernando VII, recién coronado rey de España. Empieza en seguida a publicar folletos satíricos para ridiculizar tipos de la sociedad de su tiempo. En 1811 es teniente de justicia en Taxco cuando la localidad es asaltada por los insurgentes y José Joaquín Fernández de Lizardi, acusado de haberles entregado armas y municiones, va a dar a la cárcel por unos meses.

No ceja en la publicación de sus folletos e inicia larga lucha contra la oposición a la libertad de imprenta en la Nueva España. El 9 de octubre de 1812, cuatro días después, señala Humberto Musacchio, de entrar en vigor la Constitución de Cádiz que establecía la libertad de prensa, empieza a publicar el periódico El Pensador Mexicano y en diciembre del mismo año vuelve a la cárcel por atreverse a dar consejos al virrey Venegas en el tono de Maquiavelo en El príncipe. Publica después una proclama “en obsequio” del virrey y es puesto en libertad en julio de 1813.

En El Pensador Lizardi ataca a la Inquisición, pero acaba por retractarse ante el clero. En 1814 lanza loas a los realistas y llama a los insurgentes “miserables vencidos”. En ese mismo año desaparece el periódico. En 1816, al restaurarse la Inquisición, Fernández de Lizardi deja el periodismo. Su novela El periquillo sarniento aparece también en 1816, publicada por entregas en sus tres primeros tomos; el cuarto lo prohibe la censura, por criticar la esclavitud. Es la vida de Fernández de Lizardi lucha continua por la libertad de imprenta.

Después de El periquillo y de La quijotita y su prima (1818) vuelve a publicar sus folletos. En 1821 se une a Iturbide y al Ejército Trigarante. Apoya la coronación de Iturbide, pero estando aún el emperador en el poder le pide en un folleto que abdique e instaure la República.

En 1832, cinco años después de la muerte de José Joaquín Fernández de Lizardi se publica su novela Vida y hechos del famoso caballero don Catrín de la fachenda, libro que tuvo que esperar 12 años para encontrar un editor. En vida se había declarado José Joaquín partidario de la masonería y fue excomulgado. Murió tuberculoso, después de hacer profesión de fe católica. Pasó a la historia de la literatura como creador de El periquillo sarniento.

Es El periquillo un pícaro mestizo,que difiere de los personajes presentados por la picaresca española. Subrayó Francisco Monterde que con su obra Lizardi había iniciado en México la novela de costumbres. Infundadamente se acusó a Lizardi de haber imitado el Guzmán de Alfarache, del sevillano Mateo Alemán. El periquillo sarniento es novela picaresca original, no calcada, con detalles de la intriga propios del autor, que refleja la vida mexicana con vocabulario original y pintoresco, modismos vigentes hoy todavía. El periquillo es un truhán simpático y su generosidad final lo redime. Es jugador y tramposo, conoce la prisión y sirve a diversos amos. Naufraga y se refugia en una isla desierta. Acaba en México, como buen burgués, casado y con hijos, y escribe su autobiografía.

La novela resulta imcomparable como cuadro de una época: fines del virreinato. Un pícaro relata las peripecias de su vida y hay largos pasajes moralizadores que le valieron a Lizardi críticas, por muchos consideradas injustas, de Alfonso Reyes. Preocupaba a José Joaquín Fernández de Lizardi el mejoramiento de todo el sistema de enseñanza en México: lo mismo por lo que se lucha ahora.

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El periquillo sarniento
Capítulo I

(Fragmento)

Comienza periquillo escribiendo el motivo que tuvo para dejar a sus hijos estos cuadernos, y da razón de sus padres, patria, nacimiento y demás ocurrencias de su infancia.

Últimamente os mando y encargo que todos estos cuadernos no salgan de vuestras manos, porque no se hagan el objeto de la maledicencia de los necios o de los inmorales; pero si tenéis la debilidad de prestarlos alguna vez, os suplico no los prestéis a esos señores, ni a las viejas hipócritas, ni a los curas interesados y que saben hacer negocio con sus feligreses vivos y muertos, ni a los médicos y a los abogados chapuceros, ni a los escribanos, agentes, relatores y procuradores ladrones, ni a los comerciantes usureros, ni a los albaceas herederos, ni a los padres y madres indolentes en la educación de su familia, ni a las beatas necias y supersticiosas, ni a los jueces venales, ni a los corchetes pícaros, ni a los alcaldes tiranos, ni a los poetas y escritores remendones como yo, ni a los oficiales de la guerra y soldados fanfarrones y hazañeros, ni a los ricos avaros, necios, soberbios y tiranos de los hombres, ni a los pobres que lo son por flojera, inutilidad o mala conducta, ni a los mendigos fingidos; ni los prestéis tampoco a las muchachas que se alquilan, ni a las mozas que se corren, ni a las viejas que se afeitan, ni. . . pero va larga esta lista. Basta deciros que no los prestéis ni por un minuto a ninguno de cuantos advirtiereis que les tocan las generales en lo que leyeren; pues sin embargo de lo que asiento en mi prólogo, al momento en que vean sus interiores retratados por mi pluma, y al punto que lean alguna opinión, que para ellos sea nueva o no conforme con sus extraviadas o depravadas ideas, a ese mismo instante me calificarán de un necio, harán que se escandalizan de mis discursos , y aun habrá quien pretenda quizá que soy hereje, y tratará de delatarme por tal, aunque ya esté convertido en polvo. ¡Tanta es la fuerza de la malicia, de la preocupación o de la ignorancia!

Por tanto, leed para vosotros solos mis cuadernos, o en caso de prestarlos sea únicamente a los verdaderos hombres de bien, pues éstos, aunque como frágiles yerren o hayan errado, conocerán el peso de la verdad sin darse por agraviados, advirtiendo que no hablo con ninguno determinadamente, sino con todos los que traspasan los límites de la justicia; mas a los primeros (si al fin leyeren mi obra) , cuando se incomoden o se burlen de ella, podréis decirles, con satisfacción de que quedarán corridos: “¿De qué te alteras? ¿Qué mofas, si con distinto nombre de ti habla la vida de este hombre desarreglado?”

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