| | Volver al índice Fernando Benítez (México, 1912) Periodista que se inició como reportero en Revista de Revistas de Excélsior (1933) y llegó después a ser escritor de prestigio, ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1978, Nacional de Antropología en 1980, Nacional de Periodismo en 1986 y Premio de la Universidad Nacional en 1989.
Más allá de los premios, los textos de Benítez son amenos, ágiles y siempre bien documentados. Mezcla en sus novelas historia y ficción, con el mérito de acumular conocimientos para después hacerlos a un lado y dejar que la novela surja, permanezca, atrape al lector, lo conquiste, todo ello sin olvidar el camino y hechos que la historia debe seguir.
Fundador y director de los periódicos Daily News y Diario de la Tarde, de Benítez se recuerda su valioso trabajo como director del suplemento México en la Cultura. Allí reunió a un grupo de narradores, poetas y críticos de los más destacados en el momento; a todos los ayudó y de todos difundió las obras. No había en la manera de ser de Fernando Benítez ni egoísmo ni narcisismo, ni envidias del escritor a sus colegas. A todos promovió, a muchos los lanzó al mundo de las letras donde no eran todavía conocidos. Además de difundir arte y cultura, trabajó para ganar amigos y lo consiguió.
Apreciado y admirado Fernando Benítez por sus libros, su obra ha sido publicada por editoriales de prestigio, entre ellas, principalmente, el Fondo de Cultura Económica, que dio a conocer La ruta de Hernán Cortés (1950) crónica novelada que el autor inicia en tiempos de la Conquista y lleva hasta la descripción del México de mediados del siglo XX, y El rey viejo (1959), una de las novelas más leídas. Es la primera de Fernando Benítez y en ella se muestra ya maestro en la narrativa. La figura de Venustiano Carranza es central en El rey viejo. Los acontecimientos van desde el 5 de mayo de 1920 hasta días después de la muerte del Presidente, asesinato que se pretende hacer pasar por suicido, en la madrugada del 21 de mayo de 1920. En Tlaxcalantongo, una choza sin luz. Las traiciones se suceden. Carrancistas eran los que habían ya asesinado a Zapata en 1919 y organizado un consejo de guerra para fusilar -- fue también asesinato-- a Felipe Ángeles en 1917. En 1920 el asesinado es Carranza y el crimen ocurre en aquel jacal oscuro de Tlaxcalantongo. Atmósfera densa y emotiva en la novela de Fernando Benítez. El Viejo, llamaban a Carranza, y se le consideraba viejo; tenía al morir 61 años. Entre otras obras de Benítez, traducidas a varios idiomas, El agua envenenada (1961), La ruta de la libertad (1960), Los indios de México (4 tomos, 1967-1979), Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana (1977), y ¿Qué celebramos, qué lamentamos?” (1992), además de aquella valiosa Historia de la ciudad de México, 1325-1982 (3 tomos, 1982, trabajo premiado en la Feria del Libro de Arte de Leipzig, en 1983. --------------------
El rey viejo El reloj (Fragmento)
5 de mayo de 1920. A las cuatro de la tarde, Secundino, el más cercano ayudante del Presidente, llamó a la puerta de mi casa y, sin hacerse anunciar, de un modo brusco y hasta inoportuno, entró en la biblioteca. No trató siquiera de excusarse. Simplemente me tendió un sobre con las armas de la república, diciéndome: --Es urgente. La carta sólo tenía un renglón escrito por la mano del Viejo: “Querido Enrique: ¿Podría usted verme? Su presencia me es indispensable”.En el automóvil de Secundino hice el viaje a palacio. Al entrar en su despacho, el Presidente hablaba por teléfono, y con un ademán me señaló la silla reservada a los ministros.
Sucesos del 5 de mayo. Nota añadida el 15 de junio. Ahora que todo ha concluido y mi cabeza está más despejada, recuerdo con precisión el ambiente angustioso que reinaba esa tarde en palacio. Las antesalas se veían desiertas. Los ayudantes tenían las caras serias y hablaban con aire de misterio. No, no era nada concreto, definido, tangible, sino más bien una cierta tensión, el presentimiento de que algo se gestaba fuera y que repercutía solamente en el interior del antiguo palacio virreinal. En otras ciudades, la agitación política, los desórdenes, se reflejan en el parlamento, en las calles, quizás en los cuarteles, pero en México, donde la mansión oficial del Presidente es el eje en torno del cual gira la vida del país, los menores cambios toman, desde esa desmesurada caja de resonancias, proporciones increíbles. Las banderas y los gallardetes, que afuera colgaban lánguidos de los faroles por ser día de fiesta nacional, aumentaban la deprimente sensación que creí advertir en palacio y que, debido a mi turbación, no incluí en la nota del día 5.
Continúa la nota correspondiente al 5 de mayo. Mientras hablaba el Presidente --por deferencia a él no seguía su conversación-- dirigí una mirada a la estancia con la que me había familiarizado los últimos cuatro años. El sol de la tarde entraba por los balcones medio abiertos recortándose sobre la roja y espesa alfombra; los muebles de maderas pulidas, los marcos de las pinturas, brillaban con suavidad y en los prismas de las arañas se encendía arco iris temblorosos y delicados. El Presidente colgó el teléfono y se volvió a mí: -- El ministro de guerra me informa que Escobar, jefe del Regimiento de Ametralladoras, enviado este mediodía a combatir a los rebeldes, se pasó con armas y bagajes al enemigo. El Presidente hablaba con la voz pausada, neutra y carente de inflexiones a que nos tenía acostumbrados. No advertí el menor signo de alteración en su persona, debido tal vez al hecho singular de que a él no le estaba permitido alterarse nunca. Su mano, grande y manchada, ordenó los papeles dispersos en la mesa y se reclinó pesadamente en el respaldo del sillón. -- Es la tercera defección ocurrida el día de hoy --añadió--. En la mañana, un regimiento entero, el Regimiento de Lanceros Supremos Poderes, antes de disparar un tiro, se pasó también al enemigo. La gravedad de la situación se me reveló de golpe. Escobar, como Riojas, eran el orgullo de nuestro ejército. Aun, en épocas de estrecheces, nada se había escatimado para dotar a sus regimientos de los mejores pertrechos y el Viejo, no obstante sus naturales recelos, había depositado en ellos una confianza que no vacilaría en calificar de ilimitada. --¿Me creerá usted, Enrique --dijo cerrando los ojos--, si le confieso que personalmente no me afectan las traiciones?
Yo sabía que en el fondo lo había herido la traición de Escobar y de Riojas, pero el Viejo se mantuvo impasible, según era ya en él una segunda naturaleza, y preferí callar sabiendo que tan inútil resultaba penetrar en sus verdaderos sentimientos como cargar el momento de un sentimentalismo inoportuno. --Lo que me afecta prosiguió-- es no poder confiar ya en el resto del ejército. Los jefes que hemos enviado para sofocar esa rebelión cuartelera han venido a ese mismo despacho, me han jurado derramar hasta la última gota de sangre por la causa de la legalidad, me han abrazado llorando. . . aún tengo las huellas de sus lágrimas en el hombro; y apenas salen de aquí se apresuran a buscar al enemigo y a combatirnos con las armas y el dinero que debían emplear en nuestra defensa. Volver al inicio Volver al índice |