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Gabriela Mistral
(Chile, 1889-1957)
En 1945, Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel de Literatura. Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, podían quizás merecerlo más, algunos así lo decían. Se lo dieron a Gabriela lanzada como candidata por la Sociedad de Escritores de Chile y el gobierno de ese país. Se presentaron numerosas traducciones de sus poesías y artículos. Se premió quizás “la unidad de la vida con el pensamiento”. O fue porque la obra de Gabriela a los jurados les pareció bella y significativa. Esto fue cuando ella tenía 56 años. Había de morir a los 68, en Nueva York.

En un segundo viaje que hizo a México en 1948, siendo secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet, estuvo a punto de morir en el aeropuerto de Yucatán. Vivió después en Jalapa, Veracruz, y mucho amó a México. Políticos, escritores, músicos, sus amigos, iban a verla a Jalapa. Falleció en un hospital de Long Island y su tumba en Monte Grande fue erigida por suscripción, gracias a la Sociedad de Escritores de Chile.

Ella se llamaba Lucila Godoy Alcayaga y eligió el seudónimo de Gabriela Mistral para expresar su admiración por el escritor italiano Gabriele d‘Annunzio, máximo exponente de la literatura decadentista italiana, y por el filólogo y poeta en lengua provenzal Federico Mistral, autor de la conocida novela en verso Mireya (1859).

Más allá de los premios, con el título de Desolación aparecen los primeros versos de Gabriela Mistral en 1922. La frustración por un amor perdido se traduce en sentimientos de ternura hacia los más débiles, desposeídos, pobres, discriminados. A partir de sus inicios como maestra rural inicia una tenaz actividad pedagógica, con preocupación permanente por las injustas condiciones de inferioridad en las que vivían las mujeres, discriminación que hoy todavía no ha sido totalmente superada. En este sentido puede decirse que Gabriela Mistral fue una feminista, con el apasionamiento que ella llamaba de miel y no de hiel, cuando hablaba por ejemplo del sentimiento de la envidia: se refería, dicen, a la envidia de miel, que ama al de la buena suerte y disfruta de su felicidad con él, en oposición a la verde envidia de hiel, que aborrece al que es envidiado.

En colaboración con José Vasconcelos, fundador de la Secretaría de Educación Pública y primer titular de la misma de 1914 a 1920, Gabriela reorganizó en México la enseñanza pública. Vasconcelos, que evolucionó hacia el conservadurismo. Gabriela, que fue cónsul en España, Portugal, Brasil, Estados Unidos e Italia.

Sus libros de pomas más conocidos son Ternura (1924), recopilación de canciones para niños, Tala (1938) y Lagar (1954). Llegó a ser mundialmente conocida desde sus primeros poemas, los de Desolación. Había surgido su poesía después de grandes movimientos vanguardistas, revolucionarios, entre ellos el dadaísmo y el surrealismo, pero la creación de Gabriela siguió siendo tradicional, conservadora. Hoy, cuando ya muy pocos poetas escriben en ese tono, la obra de Gabriela Mistral sigue siendo apreciada, sobre todo sí se saben elegir sus mejores poemas.

El amor, el dolor, la angustia de la muerte suelen ser temas principales en muchos escritores; Gabriela también los aborda, a su manera, lo mismo que al misticismo, que a veces asoma en su obra. En un poema que dejó sin terminar, recorre Chile con un niño quechua y con un pequeño ciervo: hay magia en los versos que dan vida a las montañas, el mar, los metales, la niebla.

De Gabriela Mistral ha dicho Carmen Alardín que más que una maestra debe ser considerada como una embajadora del ser humano.

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Íntima

Tú no oprimas mis manos.
Llegará el duradero
tiempo de reposar con mucho polvo
y sombras en los entretejidos dedos.

Y dirías: “No puedo
amarla, porque ya se desgranaron
como mieses sus dedos”.

Tú no beses mi boca.
Vendrá el instante lleno
de luz menguada, en que estaré sin labios
sobre un mojado suelo.

Y dirías: “La amé, pero no puedo
amarla más, ahora que no aspira
el olor de retamas de mi beso”.

Y me angustiaría oyéndote,
y hablaras loco y ciego,
que mi mano será sobre tu frente
cuando rompan mis dedos,
y bajará sobre tu cara llena
de ansia mi aliento.

No me toques, por tanto. Mentiría
al decir que te entrego
mi amor en estos brazos extendidos,
en mi boca, en mi cuello,
y tú, al creer que lo bebiste todo,
te engañarías como un niño ciego.

Porque mi amor no es sólo esta gavilla
reacia y fatigada de mi cuerpo,
que tiembla entera al roce del cilicio
y que se me rezaga en todo vuelo.

Es lo que está en el beso, y no es el labio;
lo que rompe la voz, y no es el pecho:
¡es un viento de Dios, que pasa hendiéndome
el gajo de las carnes, volandero!


La otra

Una en mí maté:
yo no la amaba.

Era la flor llameando
del cactus de montaña;
era aridez y fuego;
nunca se refrescaba.

Piedra y cielo tenía
a pies y a espaldas
y no bajaba nunca
a buscar “ojos de agua”.

Donde hacía su siesta,
las hierbas se enroscaban
de aliento de su boca
y brasa de su cara.

En rápidas resinas
se endurecía su habla,
por no caer en linda
presa soltada.

Doblarse no sabía
la planta de montaña,
y al costado de ella,
yo me doblaba. . .

La dejé que muriese,
robándole mi entraña.
Se acabó como el águila
que no es alimentada.

Sosegó el aletazo,
se dobló, lacia,
y me cayó a la mano
su pavesa acabada. . .

Por ella todavía
gimen sus hermanas,
y las gredas de fuego
al pasar me desgarran.

Cruzando yo les digo:
-Buscad por las quebradas
y haced con las arcillas
otra águila abrasada.

Si no podéis, entonces,
¡ay!, olvidadla.
Yo la maté. ¡Vosotras
también matadla!

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