| | Volver al índice Ignacio Manuel Altamirano (México (1834-1893) Tenía Altamirano 20 años cuando tomó parte en la Revolución de Ayutla, que significó el fin del gobierno de Antonio López de Santa Anna. Dos años después se convocó al Congreso Constituyente (1856-1857). Ignacio Manuel Altamirano siempre fue un liberal. Durante la guerra de Reforma combatió contra los conservadores y después militó con los juaristas contra la intervención y el imperio de Maximiliano. Pero actuó en la oposición durante la presidencia de Benito Juárez, a quien exigía apegarse con más fuerza al ideario de los liberales.
Periodista y escritor, colaboró Altamirano en los principales diarios y publicaciones de la época. Murió en Italia, donde desempeñaba una misión diplomática. Sus obras completas han sido publicadas, por la Secretaría de Educación Pública y el Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes, entre otras instituciones. Constan de textos costumbristas, discursos patrióticos, diarios, epistolario, poesía, crónicas.
Poco conocida, pero muestra de su ingenio y generosa preocupación por el injusto trato al artista creador es, su artículo para El Mensajero, con fecha 28 de enero de 1871, donde dice, entre otros párrafos: “Como primero se escribe la comedia y después se fabrica el teatro, y después se llama a los actores, y en seguida al público que paga, parece natural que la comedia, es decir, la literatura dramática, o más claro, los autores de comedias, deban ser los primeros de quienes se ocupe un gobierno civilizado, si, como todos los nuestros, no es indiferente al espectáculo necesario y civilizador del teatro”. Las novelas más conocidas de Ignacio Manuel Altamirano son Clemencia, Navidad en las Montañas y El Zarco. De esta última se ha dicho que es “el alegato en favor del indio y del mestizo” que trata de los hombres “fuertes, los valerosos y justicieros, los salvadores del país”. Clementina Díaz y de Ovando, citada por otra escritora e investigadora mexicana María del Carmen Millán, analiza a los personajes de la novela y ve en la identidad de El Zarco “una conjunción del famoso Salomé Plascencia, color blanco, güero y lampiño, generoso, justiciero y temerario, y Severo, ‘El zarco’, fusilado en la alameda de Cuernavaca, después de tantos asaltos, raptos y asesinatos que cometió”. Y prosigue Millán: “En esta novela Altamirano incide en la contraposición de caracteres: El Zarco y Nicolás, Manuela y Pilar, y en la preferencia de la heroína en el hombre atractivo y blanco sobre el indio “timido”. Todo en el ambiente de Ayutla y ante la amenaza de “los plateados”.
El editor de El Zarco fue un catalán. En una nota, citada también por María del Carmen Millán, al final del manuscrito, Altamirano escribe: “He concluido esta novela a las once y veinte minutos de la noche del 6 de abril de 1988”. Y hay además una advertencia: “El Zarco. Episodios de la vida mexicana en 1861-63. Esta novela fue vendida en 200 pesos al señor don Santiago Ballescá en febrero de 1887, aunque no estaba escrita más que la mitad de ella, esto es, 13 capítulos que fueron leídos en las sesiones públicas y privadas del Liceo Hidalgo en 1886. El editor se propone publicarla en Barcelona, ilustrada con grabados sobre dibujos hechos por don Ramón Cantó”. Ciertamente, El Zarco se publicó en Barcelona, pero debido a que un copista extravió el texto original estuvo a punto de no publicarse y finalmente apareció la primera edición en 1901. Es, pues, obra póstuma. ------------------------
El Zarco (Final de la novela)
Pilar estaba temblando. En cuanto a Manuela, por un rapto de locura, había corrido ya al lado del Zarco y se había abrazado de él y seguía gritando palabras incoherentes. --Siquiera nos llevamos a Manuela dijo Pilar. --Si ustedes quieren, pueden llevársela pero esa muchacha es una malvada; acabo de quitarle un saco en el que tenía las alhajas de los ingleses que mataron en Alpuyeca. . . , alhajas muy ricas; ¡no merece compasión! Sin embargo, por orden de Martín Sánchez, un soldado procuró arrancar a la joven del lado del Zarco, a quien tenía abrazado estrechamente, pero fue en vano. El Zarco le dijo: --¡No me dejes, Manuelita, no me dejes! --¡No respondió Manuela--, moriré contigo!. . . Prefiero morir a ver a Pilar con su corona de flor de naranjo al lado de Nicolás, el indio herrero a quien dejé por ti. . . --Vámonos dijeron el cura y los demás vecinos despavoridos--. Esto no tiene remedio. Pilar se puso a sollozar amargamente; Nicolás se despidió de Martín Sánchez. --Señor cura, usted puede quedarse. Éstos han de querer confesarse, tal vez. --Sí, me quedé --dijo el cura--, es mi deber. Y la comitiva nupcial, antes tan alegre, partió como una procesión mortuoria y apresuradamente. Cuando se había perdido a lo lejos, y no había quedado ya ningún rezagado en el camino, Martín Sánchez preguntó al Zarco y al Tigre si querían confesarse.El Zarco dijo que sí y el cura lo oyó pronto y lo absolvió; pero el Tigre dijo a Martín: --¿Pero yo también voy a morir, don Martín? --Tú también respondió éste con terrible tranquilidad. --¿Yo? --insistió el Tigre--, ¡yo que le di a usted el aviso para que viniera, y que le dije a usted de las señas del camino que seguíamos, y que le avisé que tendría yo un pañuelo colorado en el sombrero, para que me distinguiera? --Nada tengo que ver con eso respondió Martín--. Yo nada te prometí; peor para ti si fuiste traidor con los tuyos. Vamos, muchachos, fusilen al Zarco y después cuélguenlo de esa rama. . .; véndenlo primero. . . El Zarco apenas podía tenerse en pie; el terror lo había abatido. Con todo, alzó la cara, y viendo la rama de que colgaban ya los soldados una reata, murmuró. --¡La rama en que cantaba el tecolote! ¡Bien lo decía yo! . . . ¡Adiós, Manuelita! Manuela se cubrió la cara con las manos. Los soldados arrimaron al Zarco junto al tronco y dispararon sobre él cinco tiros, y el de gracia. Humeó un poco la ropa, saltaron los sesos, y el cuerpo del Zarco rodó por el suelo con ligeras convulsiones. Después fue colgado en la rama, y quedó balanceándose allí. Manuela pareció despertar de un sueño. Se levantó, y sin ver el cadáver de su amante, que estaba pendiente, comenzó a gritar como si aún tuviese delante el guayín de los desposados: -¿Sí, déjate esa corona, Pilar; tú quieres casarte con el indio herrero; pero yo soy la que tengo la corona de rosas. . .; yo no quiero casarme, yo quiero ser laquerida del Zarco, un ladrón!. . . En esto alzó la cabeza; vio el cuerpo colgado. . . , después contempló a los soldados, que la veían con lástima, luego a don Martín, luego al Tigre, que estaba inclinado y mudo, y después se llevó las manos al corazón, dio un grito agudo y cayó al suelo. --¡Pobre mujer --dijo don Martín--, se ha vuelto loca! ¡Levántenla y la llevaremos a Yautepec! Dos soldados fueron a levantarla, pero viendo que arrojaba sangre por la boca, y que estaba rígida y que se iba enfriando, dijeron al jefe: --¡Don Martín, ya está muerta! --Pues a enterrarla --dijo Martín con aire sombrío--, y vámonos a concluir la tarea.Y desfiló la terrible tropa lúgubre. Volver al inicio Volver al índice |