| | Volver al índice Jaime Sabines (México, 1926-1999) Jaime Sabines, el desgarrado. Al final de su vida, por la enfermedad; antes, por la enfermedad de su padre, y antes aún por la generosidad sin fin, por el afán de dar todo a todos y dar toda su poesía a la gente, al mundo. Podemos llamar a Jaime El Desgarrado, en reminiscencia del conocido poema del francés Gerard de Nerval: El desdichado, título que el autor escribió en español. Sabines, el mexicano. El que estaba en los carteles del Metro, en vez de los anuncios de enjuagues para el cabello, cremas de belleza y pantimedias; allí en las paradas del Metro estaba la foto de un escritor: Jaime Sabines. Por qué hubo que esperar a que muriera para “descubrirlo” y considerar que el gran público debía leerlo. Por qué tolerar que un poeta, Nerval, Sabines u otro, viva en la pobreza, cosa que suele parecer “normal” desde el momento en que al escritor se le niegan derechos que otros trabajadores tienen; por qué esperar a que el poeta muera para “descubrir” que era poeta, y otorgarle reconocimientos póstumos.
Juan Sabines, hombre de negocios, senador y político. Su hermano Jaime, poeta. Ambos de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Jaime -ojos claros, amplia frente- iba a ser médico cuando decidió cambiar a estudios de lengua y literatura españolas y hasta obtuvo posgrados.
Fue diputado y renunció al cargo. Siguió siendo “nada más poeta”, a partir de Horal (1950) hasta Nuevo Recuento de Poemas (1950-1991), pasando por Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973). Muchos premios le dieron y en 1993 fue muy justamente nombrado Creador Emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte. La poesía de Jaime Sabines a veces duele hasta lo insoportable; ha sido calificada de “excesiva”. Y sin embargo viene siendo tierna. Deja a veces de ser “civilizada” para hundirse en los abismos y volverse, más allá de la emotividad fácil, un golpe brutal.
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Algo sobre la muerte del mayor Sabines Primera Parte. (Fragmentos)
IV
Vamos a hablar del Príncipe Cáncer, Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata, que se divierte arrojando dardos a los ovarios tersos, a las vaginas mustias, a las ingles multitudinarias.
Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer en la raíz del cuello, sobre la subclavia, tubérculo del bueno de Dios, ampolleta de la buena muerte, y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo. El Señor Cáncer. El Señor Pendejo, es sólo un instrumento en las manos obscuras de los dulces personajes que hacen la vida.
En las cuatro gavetas del archivero de madera guardo los nombres queridos, la ropa de los fantasmas familiares, las palabras que rondan y mis pieles sucesivas.
También están los rostros de algunas mujeres, los ojos amados y solos y el beso casto del coito. Y de las gavetas salen mis hijos. ¡Bien haya la sombra del árbol llegando a la tierra, porque es la luz que llega!
V
De las nueve de la noche en adelante viendo la televisión y conversando estoy esperando la muerte de mi padre. Desde hace tres meses, esperando. En el trabajo y en la borrachera, en la cama sin nadie y en el cuarto de niños, en su dolor tan lleno y derramado, su no dormir, su queja y su protesta, en el tanque de oxígeno y las muelas del día que amanece, buscando la esperanza. Mirando su cadáver en los huesos que es ahora mi padre, e introduciendo agujas en las escasas venas, tratando de meterle la vida, de soplarle en la boca el aire . . .
(Me avergüenzo de mí hasta los pelos por tratar de escribir estas cosas. ¡Maldito el que crea que esto es un poema!)
Quiero decir que no soy enfermero, padrote de la muerte, orador de panteones, alcahuete, pinche de Dios, sacerdote de las penas. Quiero decir que a mí me sobra el aire . . .
VI
Te enterramos ayer. Ayer te enterramos. Te echamos tierra ayer. Estás rodeado de tierra desde ayer. Arriba y abajo y a los lados por tus pies y por tu cabeza está la tierra desde ayer. Te metimos en la tierra, te tapamos con tierra ayer. Perteneces a la tierra desde ayer. Ayer te enterramos en la tierra, ayer.
VII
Madre generosa de todos los muertos, madre tierra, madre, vagina del frío, brazos de intemperie, regazo del viento, nido de la noche, madre de la muerte, recógelo, abrígalo, desnúdalo, tómalo, guárdalo, acábalo. Volver al inicio Volver al índice |