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Jaime Torres Bodet
(México, 1902-1974)
En el primer número de la revista Contemporáneos, junio de 1928, aparece entre los colaboradores, imprescindible, el nombre de Jaime Torres Bodet, autor de Sonetos. En la ciudad de México Contemporáneos siguió publicándose mensualmente, hasta el número 42-43 correspondiente a noviembre-diciembre de 1931. Se integró así el grupo llamado Los contemporáneos, cuya misión, a decir de Xavier Villaurrutia, fue “poner a México en circulación con lo universal”.

Poemas, los escribió Torres Bodet desde la adolescencia y aun después, encontrando tiempo en su carrera de funcionario cultural para no dejar el quehacer artístico. No fue autor vanguardista. Dadaísmo y surrealismo no le interesaron; más bien siguió los pasos de André Gide, en tiempos en que la literatura mexicana estaba sujeta a una gran influencia francesa.

Los contemporáneos, por citar sólo a unos cuantos, fueron Bernardo Ortiz de Montellano, Genaro Estrada, Ermilo Abreu Gómez, Xavier Villaurrutia, Samuel Ramos, Rubén Salazar Mallén, José y Celestino Gorostiza. Entre las novelas más conocidas de Jaime Torres Bodet: Margarita de niebla (1927), La educación sentimental (1929), Proserpina rescatada (1931). De su poesía: Nuevas canciones (1923), La casa (1923), Destierro (1930), Sonetos (1949), Trébol de cuatro hojas (1958). Además de 1955 a 1974, año de su muerte, escribió siete volúmenes de Memorias. Antes había publicado ya textos autobiográficos y ensayos sobre Stendhal, Dostoyevski, Benito Pérez Galdós, Rubén Darío, Tolstoi, Balzac y Proust, entre otros.

Jaime Torres Bodet, hombre de letras. Pero dedicó también su vida a quehaceres diplomáticos y políticos: secretario de Relaciones Exteriores de 1946 a 1948, en el gabinte de Miguel Alemán; director general de la UNESCO de 1948 a 1952, embajador de México en Francia de 1952 a 1958, secretario de Educación Pública de 1943 a 1946 y nuevamente de 1958 a 1964, en el gobierno de López Mateos, cuando empezaron a publicarse los libros de texto gratuitos.

Escribió José Luis Matínez que la poesía de Jaime Torres Bodet es “expresión desnuda y patética de las experiencias radicales del hombre contempladas desde la altura serena de un doble humanismo”. Y Octavio Paz dijo que Torres Bodet “contribuyó a la edificación del moderno Estado mexicano”. En el volumen México, 50 años de Revolución, publicado en 1963 y que reune los libros La economía, La vida social, La política y La cultura, Tores Bodet , en el contexto cultural, colabora con su ensayo Perspectivas de la educación y propone para la enseñanza reformas que todavía hoy siguen siendo necesarias.

Más allá de los textos de sus ensayos, la vocación de Jaime Torres Bodet siempre estuvo centrada en la poesía: más que como diplomático y político, pasa a la historia como novelista y poeta.

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México, 50 años de Revolución (1963)
La cultura

(Fragmento)

Al considerar los objetivos que la Constitución señala a la educación, pensamos en el tipo de mexicano que habremos de preparar en nuestros planteles. Un mexicano en quien la enseñanza estimule la diversidad de las facultades del hombre: comprensión, sensibilidad, carácter, imaginación y creación. Un mexicano dispuesto a la prueba moral de la democracia. Un mexicano interesado en el progreso de su país. Un mexicano dispuesto a afianzar la independencia política y económica de la patria con su trabajo, su energía, su competencia técnica, su espíritu de justicia y su ayuda cotidiana y honesta a la acción de sus compatriotas. Un mexicano, en fin, que sepa ofrecer su concurso a la obra colectiva --de paz para todos y de libertad para cada uno-- que incumbe a la humanidad entera, lo mismo en el seno de la familia, de la ciudad y de la república, que en el plano de una convivencia internacional digna de asegurar la igualdad de derechos de todos los hombres.

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Trébol de cuatro hojas (1958)
Muerte sin fin
Epístola a José Gorostiza

(Fragmento)

Como apenas principian a entenderte
Y no descubren lo que les hechiza
En tu felicidad frente a la muerte,

Algunos te suponen, Gorostiza,
nacido entre campanas funerales
un miércoles de angustia y de ceniza.

Yo no, porque pondero lo que vales
y sé cómo es cristal tu inteligencia
que traduce misterios siderales.

Ese cristal, no hay nada en la existencia
que pueda liberarlo, ni un minuto,
de su dura misión de transparencia.

En prisma tan sincero y absoluto
la más radiosa luz admite fallas
y la dicha mejor acaba en luto.

Pero precisamente porque hallas
el grano incierto en la más alta espiga
y porque son de vidrio las murallas

que te aíslan del tiempo y de la intriga,
tu corazón incorruptible y lento
vence el pesar e ignora la fatiga.

No es páramo de espejos el portento
de concebir las almas y las cosas.
Y si las reproduce el pensamiento

--como a Narciso el agua, entre las rosas
de una fuente que el término restringe
a concéntricas ondas silenciosas—

es porque, del reflejo en que las finge,
la idea dulcemente se separa
y contemplada así, cede la esfinge. . .

¿Quién sabe, como tú, lo que la avara
forma pide al cristal del agua pura
en el rigor del vaso que la aclara?

¿Y por qué la conciencia y la figura
son ecos, una y otra, eternamente,
de un ser que sólo con morir perdura?

Vida sin fin y vida sin repente
es la muerte sin fin que has exaltado:
agua de manantial ­pero en la fuente;

maravillosa linfa sin pecado
de la que todo un mundo resucita
dichoso de saberse meditado.

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