| | Volver al índice Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986) Inteligencia aguda, sensibilidad de artista. Los espejos lo obsesionan. Siempre reflexivo, profundamente reflexivo en sus escritos, todo en él, aun cuando parece que improvisa o juega, es resultado de lo enormemente estudiado. Intelectual hasta la médula, maneja la cultura en sus ensayos y en su creación. Como lírico, ha sido calificado de brillante y cerebral. No le dieron el Nobel, a pesar de que su obra especialmente valiosa lo merecía. Y sigue siendo el escritor argentino con mayor prestigio a nivel internacional.
Por el irresistible atractivo de sus escritos, por el interés que despiertan, a pesar de estar más bien dirigidos a lectores con inquietudes intelectuales su público no es restringido: sigue siendo uno de los escritores más leídos. Nació en Buenos Aires y murió en Ginebra. Hacia 1918, en España, se volvió ultraísta, e decir, se unió a los grupos literarios ultraístas. Y se formó principalmente en la cultura europea. Posteriormente inició el giro hacia un nacionalismo argentino que lo llevó a evocar esencias porteñas, como en sus libro Fervor de Buenos Aires. Elabora Borges, constantemente escribe y reescribe hasta lograr lo deseado, lo previsto, la casi perfección, lo sutil y la ironía combinados con lo docto, sin caer en lo didáctico. Lo suyo ha sido calificado de realismo fantástico y comprende tanto ensayo como creación poética y narrativa. El lector incipiente que se ve en la disyuntiva de elegir por dónde empezar, elige generalmente los grandes relatos que le dieron a Jorge Luis Borges fama en el mundo: Historia general de la infamia (1935), Ficciones (1944), El Aleph, (1949). Para muchos, Ficciones es su obra maestra. Otras inquisiciones (1952) mucho contribuyó también a ganarle lectores en diversos idiomas. En Ficciones: Fantasías e invenciones del autor están presentadas con tal riqueza de detalles que se cae en la tentación de tomarlas por hechos auténticos. Son, desde luego, como el título lo indica, asuntos creados por la imaginación. Pero los construye, los arma y explica con tanta precisión que parecen volverse auténticos. Se acumulan personajes, fechas, datos, referencias, hasta que el lector queda confundido y se pregunta si en verdad todo eso ha sido inventado o es real. Borges se divierte, pero con seriedad siempre: la seriedad de la creación auténtica, que no se exhibe, no trata de deslumbrar en el sentido de impresionar, maravillar al lector, sino que tiene tras sí recursos de lecturas infinitas, documentos, bibliotecas, y los asimila y reproduce, vertiéndolos en sus obras de fantasía. En El Aleph, otra vez el mundo fantástico de Borges: a la imaginación se mezclan erudición y filosofía. El Aleph, “lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. En Los dos reyes y los dos laberintos, dos seres dedicados cada uno a destruir al otro, hasta que descubren que eran una sola persona. El tema de la identidad, tan caro a Jorge Luis Borges. A Borges le enamoran los textos por su verdad intrínseca y al reproducir datos su sentido del humor confunde, a la vez que atrapa, a todo el que lo lee. Lenguaje denso, a la vez que en cierta forma travieso. Hasta que el lector se convierte también en autor. Acrobacias del intelecto y delicias de instantes irrecuperables.
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El Aleph (1949) (Fragmento del relato del mismo nombre)
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkamaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, ví mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.Sentí infinita veneración, infinita lástima.
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El Hacedor (1960) Borges y yo
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor, Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil: yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.No sé cuál de los dos escribe esta página. Volver al inicio Volver al índice |