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José Gorostiza
(México, 1901-1973)
Poeta y diplomático, nacido en Villahermosa, Tabasco, secretario de Relaciones Exteriores de abril a noviembre de 1964. Premio Nacional de Ciencias y Artes 1968.Dejémoslo en poeta: eso a él le gustaría.

Como bardo, fue de los grandes: Canciones para cantar en las barcas (1925), Muerte sin fin (1939), Poesías (lírica reunida, 1964). José Emilio Pacheco preparó en 1988 la edición de Cauces de la poesía mexicana y otros textos.
Muerte sin fin ha sido considerado poema hermético, del que pueden hacerse muchas lecturas. Se ha comparado al poeta mexicano con Paul Valéry, T.S. Elliot y Jorge Guillén, a los cuales Octavio Paz agrega a Heráclito, Parménides y William Blake.

Se inquieta Gorostiza con la idea de la divinidad. De Muerte sin fin escribe Paz: “Un discurso en el que la conciencia intelectual se inclina fijamente sobre el fluir del lenguaje hasta congelarlo en una dura transparencia. Retórica y gran poesía. . . . Un monumento a la reticencia”. Reticencia a la divinidad, acertadamente señalada por Paz.

Muerte sin fin, poema complejo, riguroso, considerado como obra maestra.
Repeticiones tautológicas que producen un efecto de angustia. Como todos los poetas del grupo de los Contemporáneos, Gorostiza se orienta hacia una renovación de la forma y del pensamiento, y hacia problemas esenciales, como el de la muerte. Así, Muerte sin fin es una larga meditación, rica en musicalidad y en construcción barroca, que conduce al desencanto y en la que José Gorostiza muestra la soledad del ser humano y la inutilidad de la conciencia poética. Pero entonces, ¿dónde quedó la inteligencia? ¿Viene siendo inútil también? De ella dice Gorostiza:
“Oh, inteligencia, soledad en llamas! / que lo consume todo hasta el silencio”
. . . “¡Oh, inteligencia, soledad en llamas / que todo lo concibe sin crearlo!”
. . . “¡Oh, inteligencia, páramo de espejos! / helada emanación de rosas
pétreas / en la cumbre de un tiempo paralítico”. . .

Y esto lo escribe para llegar al “baile” final: “Desde mis ojos insomnes / mi muerte me está acechando, / me acecha, sí, me enamora / con su ojo lánguido. / ¡Anda, putilla del rubor helado, / anda, vámonos al diablo!”

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Muerte sin fin
(Fragmento)

Porque raro metal o piedra rara,
así como la roca escueta, lisa,
que figura castillos
con sólo naipes de aridez y escarcha,
y así la arena de arrugados pechos
y el humus maternal de entrada tibia,
ay, todo se consume
con un mohino crepitar de gozo,
cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
sí, paso a paso, muerte a muerto, loco,
se acogen a sus tímidas matrices,
mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desemboca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes,
entre un fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo
y solo ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espíritu de Dios que gime
con llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido -¡ay, Él también!- por un cabello,
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.
¡Aleluya! ¡Aleluya!

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