| | Volver al índice José María Eça de Queiroz (Portugal, 1845-1900) Primera novela importante de la escuela naturalista portuguesa, con amplia influencia de Flaubert y de Zola, El crimen del padre Amaro es obra escrita en 1871 y que no fue publicada hasta 1875, en la “Revista Universal”, y en forma de libro en 1876. Es también la primera novela de Eça de Queiroz, que en 1870 había ya publicado una obra de intriga: El misterio de la carretera de Cintra. Dos años después fue nombrado cónsul de su país y residió en La Habana, New Castel, Bristol y París. Los analistas portugueses lo situaron entre los más notables escritores modernos debido a su ingenio, sentido del humor y capacidad para la descripción de caracteres en El primo Basilio (1878), El Mandarín (1879), La reliquia (1887), Los maias (1888) Cartas de Fadrique Mendez (1889) y otras novelas, entre ellas La ilustre casa de los Ramírez. Muchas de sus obras se dieron a conocer al público en forma póstuma, entre ellas Prosas bárbaras y Últimas páginas. En El crimen del padre Amaro, expone Eça de Queiroz uno de los temas que más profundamente interesaron al naturalismo: el celibato de los sacerdotes. La novela pasó inadvertida durante muchos años y el padre Amaro no es el personaje que en México mostró la película. En ella, aun contra la voluntad del guionista, se hicieron cambios y concesiones de cara a la taquilla. El padre Amaro de la novela es, en muchas ocasiones, amargo (traducción de amaro). No es un hombre joven que gusta a las jovencitas y las conquista. Tiene preocupaciones morales y existenciales profundas, también preocupaciones políticas, que en el filme no habrían resultado “comerciales”. Por ejemplo, la novela termina con el siguiente párrafo: “Y el hombre de Estado y los dos hombres de religión, en fila, gozaban con la frente alta esta certidumbre gloriosa de la grandeza de su país, apoyados en la reja del monumento, al pie del aquel pedestal, bajo la fría mirada de bronce del viejo poeta, rígido y noble, con sus anchos hombros de caballero fuerte, la epopeya sobre el corazón, la espada firme, rodeado por los cronistas y por los poetas heroicos de la antigua patria, ¡patria siempre pasada, memoria casi perdida!” El tono de este pasaje nada tiene que ver con el carácter del protagonista de la película ni con el ambiente general de la producción cinematográfica, en la que todo se centró en el amor del sacerdote por la quinceañera. Vicente Leñero hizo notar que en nuestra época hubiera tenido más actualidad el amor del padre por los jovencitos. Pero el crimen del padre Amaro no fue hacer el amor con la quinceañera sino hacer que una comadrona mate, estrangule el producto de su amor, asesine a la criatura, cuya madre muere en el parto. El padre amargo no es pues la figura atractiva del conquistador y enamorado. La novela es más fuerte y plantea mayores cuestionamientos que la película. Eça de Queiroz escribió, inventó como novelista la historia de un joven de naturaleza afeminada, poco fuerte, al que su familia obligó, contra la voluntad de él, a cursar la carrera eclesiástica. Incapaz de rebelarse, aceptó, y ahora llega a Leiria, una pequeña ciudad de Portugal, al poco tiempo de salir del seminario. Ahí empieza toda la historia, cuando va a vivir a una pensión y hace el amor con la hija de la dueña, a la vez amante del canónigo Dias, profesor de moral en el seminario. Los amores con Amelia provocan sentimientos de culpa en el padre Amaro, que acusa a la Iglesia de su angustia y pecados y asegura que “su amor sería más legítimo bajo un sacerdocio con reglas más humanas”. Después de haber ordenado la muerte de su hijo, el padre Amaro se va a Lisboa, donde lleva vida disipada. La novela es anticlerical, tesis que en la película pasa a segundo plano porque lo que hay que vender es sacerdote-quinceañera. Vicente Leñero hizo notar que en esto el filme se había quedado corto, ya que hoy lo actual no es sacerdote y quinceañera sino sacerdote y jovencitos. Después de la novela de Eça de Queiroz escribió otra Emilio Zola, con el mismo tema, titulada El pecado del abad Mouret. El autor de El crimen del padre Amaro, describió su obra como “una intriga de clérigos y de beatas, tramada y murmurada a la sombra de una vieja catedral de provincia portuguesa”. Entraña además la novela una crítica política, tampoco expresada en la versión cinematográfica; de esta crítica reproducimos a continuación un fragmento. El crimen del padre Amaro ¡Y cree su excelencia (pregunta el padre Amaro) que esas ideas de república, de materialismo, se puedan extender entre nosotros? ( . . .) -Vean ustedes esto: ¡ paz, qué animación, qué prosperidad! Y con un amplio gesto le mostraba el paseo del Loreto, que a aquella hora, al final de la tarde serena, concentraba la vida de la ciudad. Coches vacíos rodaban lentamente; parejas de señoras pasaban, de sombrero grande y tacón alto, con movimientos lánguidos y la palidez clorótica de una degeneración de la raza; en algún escuálido caballo iba trotando algún joven de nombre histórico, con el rostro amarillo por la juerga de la noche: en los bancos de piedra se estiraban individuos con un torpor de vagancia; un carro de bueyes, tambaleando sobre sus altas ruedas, era como un símbolo de agriculturas atrasadas en siglos; fadistas se contoneaban, con el cigarrillo en los labios; algún burgués aburrido leía en las carteleras el anuncio de operetas obscenas; en las caras marchitas de los obreros había como la personificación de las industrias moribundas . . . Y todo ese mundo decrépito se movía lentamente, bajo un cielo brillante de clima sano, entre pillastres que pregonaban la lotería y la trampa pública, y niños de voz plañidera ofreciendo el “Diario de las pequeñas novedades”; e iban, en un vagar de holgazanería, entre el paseo donde se levantaban dos fachadas tristes de iglesias, y en la hilera de los edificios de la plaza, donde lucían tres letreros de casas de empeño, negreaban cuatro entradas de taberna y desembocaban, con un aire infecto de alcantarilla abierta, las callejuelas de todo un barrio de prostitución y de crimen. -Vean ustedes -iba diciendo el conde-, vean ustedes toda esta paz, esta prosperidad, este contentamiento. . . ¡Señores míos: realmente no me extraña que seamos la envidia de Europa! Volver al inicio Volver al índice |