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José Vasconcelos
(México, 1882-1959)
Político, educador y filósofo, director de la Escuela Nacional Preparatoria en 1914, rector de la Universidad Nacional de 1920 a 1921 y nombrado por Obregón primer titular de la secretaría de Educación Pública, puesto que ocupó de octubre de 1921 a julio de 1924. A la Universidad le impuso el actual escudo y el lema “Por mi raza hablará el espíritu”. Ahí quedan sus libros: en gran parte pasó a la historia como escritor.

Oaxaqueño, abogado, funda y preside en 1909 el Ateneo de la Juventud. Durante la Revolución, maderista acérrimo. Después del cuartelazo de Huerta, Venustiano Carranza nombra a José Vasconcelos agente confiencial en Francia e Inglaterra, pero no tarda en ordenar su arresto. Tiene Vasconcelos que huir a Estados Unidos. Puestos públicos van y vienen. Un exilio más, en París y Madrid, y regreso a México en 1928. En 1929 es candidato a la Presidencia de la República por el Partido Nacional Antirreeleccionista.

Vasconcelos es derrotado. Promulga entonces el Plan de Guaymas, en el que exhorta a un levantamiento armado. La cárcel. Otra vez el exilio en París. Pero sus ideas no siempre son liberales: no está precisamente a favor de los republicanos españoles que luchan, de 1936 a 1939, contra el movimiento fascista del franquismo, que finalmente se implantó y perduró durante los 40 años que duró la dictadura, con un costo que ha sido calculado en cerca de 2 millones de muertos.

En aquellos tiempos de la guerra civil en España, Vasconcelos escribía sus memorias noveladas: Ulises Criollo (1935), La tormenta (1936), El proconsulado (1939). Ansias de reformador social y pedagogo. Aunque su más grata figura es la de demócrata derrotado en los años veinte. De Ulises Criollo ha dicho el investigador Christopher Domínguez Michael que es la novela “de la educación sentimental” de Vasconcelos. La tormenta reune sus recuerdos y andanzas en tiempos de la Revolución mexicana. El desastre “cuenta la caída de su labor moral y educativa” y El proconsulado su derrota en la candidatura a la Presidencia. Muchas de las páginas están escritas por esa maravillosa mujer, amor de Vasconcelos, llamada María Antonieta Rivas Mercado, hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, autor del proyecto de la Columna de la Independencia (“El Ángel”), en el Distrito Federal. Ella ayudó a muchos intelectuales, patrocinó proyectos en favor de la cultura y escribió, con pluma emotiva y magistral, la crónica de aquella campaña política de 1929. Se suicidó en 1931 en la catedral de Notre Dame, en París.

Toda una época del México de aquellos tiempos, principalmente la etapa reavolucionaria, quedó plasmada en la creación de José Vasconcelos, autor también, entre otras muchas obras que ahora el público lee y disfruta, de Breve historia de México, La raza cósmica (1925) y Qué es la Revolución.

En su Proyecto de Ley para la Secretaría de Educación Pública, Vasconcelos señalaba: “ Salvar a los niños, educar a los jóvenes, redimir a los indios, ilustrar a todos y difundir una cultura generosa y enaltecedora ya no de una casta sino de todos los hombres”.

Lo mismo por lo que hoy seguimos luchando.

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Ulises Criollo
(Fragmento)

La responsabilidad moral abarca a todos los que entonces y después sirvieron al soldado borracho que se improvisaba Presidente. La manera de la ejecución (de Madero) quedó encomenada a la pericia de los generales. La reliquia del ejército juarista, el del tiro de gracia a Maximiliano, el heroico Blanquet, tomó a su cargo la faena. Se valió de un tal Cárdenas, coronel de los que aplicaban la ley fuga en tiempos de Porfirio Díaz. Se hizo repetir, éste, las órdenes, del propio Huerta, de Mondragón y de Blanquet, nuevos ministros de Estado, y preparó la fiesta sagrada del militarismo azteca, el sacrificio de los prisioneros en la sombra de la noche del 22 de febrero de 1913, a la semana del golpe de Estado.

Bandas de felicistas recorrían aquellos días la ciudad, obligaban a los transeúntes a dar vivas a Félix Díaz; asesinaban a capricho. Incendiaron el Nueva Era, periódico independiente, y saquearon casas de vencidos. Y donde no quedó piedra sobre piedra fue en la finca de los Madero, por la colonia Juárez. No era propiedad del ex Presidente, sino de sus padres. Y éstos la habían construido con dineros ganados en la industria; nunca uno solo de ellos había disfrutado de cargos gubernamentales. Ni uno solo de los parientes de Madero construyó casa propia durante el período de su gobierno. Ningún maderista funcionario se había enriquecido. Pues todo esto irritaba al nuevo orden de cosas. ¿Cómo iban a perdonar a una familia honrada y a un Presidente sin tacha los que más tarde, convertidos en huertistas o carrancistas o en callistas, habían de levantar una colonia nueva en el sitio más costoso de la ciudad? Movida por el instinto que admira al león y desprecia al hombre honesto, la plebe se ensañó en la casa de los Madero. Había que destruir hasta los cimientos de la honradez. Y desapareció el modesto hogar paterno del Presidente honrado. Y siguen dando pingûes rentas las casas mal habitadas de los Presidentes que han seguido a Madero. Se expulsaba el sistema maderista a la vez que se acababa con el hombre. Se arrasaba lo que tenía de extraño, desusado, aquello de no lucrar con el bien público. La sosa manía de no colgar a los rivales de los árboles de la plaza pública, bien merecía escarnio. Se acusaba a los Madero de tener sangre judía y se hubiera querido extinguir el clan entero. Eran todos honestos, laboriosos, y sirvieron a la administración sin robarla. Estorbaban los planes de la dinastía sanguinaria y autóctona que tomaba de nuevo posesión de la cosa pública. Madero sigue expulsado de México.

La Iglesia mexicana también se mostró alborozada. Desaparecía, por fin, aquel Presidente sospechoso de espiritismo. ¿Qué importaba que ahora viniera un ebrio inmoral, si lo que ella suele perseguir es la heterodoxia, antes que la maldad y aun el ateismo? En el diario de los católicos, El País, vimos todos con dolor y sorpresa el cable papal en el que se felicitaba a Huerta “por haber restalecido la paz” y le enviaba bendiciones. Señalo este hecho inaudito sin ánimo de agravar los cargos que pesan sobre la Iglesia mexicana, y sólo para que se vea uno de los pretextos, no la justificación, de las persecuciones religiosas que se han consumado con posterioridad. Por lo pronto, quienes por convicción nos inclinábamos a un acercamiento del Estado mexicano con la Iglesia experimentamos ira y desconsuelo.

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