| | Volver al índice Juan José Arreola (México, 1918-2002) Trascender la realidad cotidiana y llegar a lo esencial, que no es precisamente lo que entendemos por realidad, parece ser la meta de Juan José Arreola en sus relatos que marcaron nuevos rumbos para la narrativa en México en los años cincuentas. De pocos estudios en escuelas, autodidacto, fue catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Talento indiscutible. Artista. Siempre orgulloso de haber nacido en Zapotlán el Grande, después Ciudad Guzmán, Jalisco, y haber trabajado en los empleos más diversos, por ejemplo peón de campo y panadero. Pero lo que llevó siempre en la sangre fue el teatro, como dramaturgo y como actor, becado en 1944 para estudiar arte dramático en Francia con Luis Jouvet y Jean Louis Barrault. En México, Premio Xavier Villaurrutia 1963 y Premio Nacional de Letras en 1979. Muchos que no habían leído sus textos lo conocieron por su programa de televisión, donde lo arroparon sus facultades de actor mas sobre todo destacó su ingenio. Como escritor, humorista, venenoso a veces, pero sería, los hay, un veneno sabroso. Como persona, tormentos mentales que en ocasiones su afán de alegría lograba superar. Medio siglo después de creada, su obra sigue siendo considerada de vanguardia. Cuando murió en enero del 2002, escritores de prestigio lo consideraban su maestro. Le gustaba llamarse a sí mismo juglar, y fue en verdad un equilibrista, trapecista, prestidigitador de la palabra. El don del genio le fue dado y lo aportó a sus escritos. Quien lo lee vuelve a él, con él se enriquece. Entre sus obras más conocidas, Varia invención (1949), Confabulario (1952), La feria (1963), Palindroma (1971), Inventario (1976). En su cátedra de la Universidad Nacional de México decía versos, se convertía en trovador. Su curso era de literatura española medieval y así ganó muchos adeptos a las letras hispanas, a las hispanoamericanas y a todo lo que es arte y belleza. Como los surrealistas, gustaba de la asociación libre de ideas. Improvisar le atraía y tenía mucha facilidad para ello, como maestro y como escritor, en momento de ésos en que lanzaba las palabras y las dejaba solas para que hicieran lo que se les antojara, aunque frecuentemente después las volvía a agrupar, para ponerlas en orden y demostrarles quién era el que mandaba. Cada quien escribe como puede, y sólo a veces como quiere. En uno de sus breves cuentos, El Lay de Aristóteles, habla Arreola del filósofo griego y le hace decir a su personaje: “Mis versos son torpes y desgarbados como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía”. Armonía no fue precisamente lo que hubo en la vida de Juan José Arreola. Pero sí talento. Y un cierto gran sufrimiento, como divertido, que trató de burlarse de sí mimo y lo logró solamente a veces. ---------------------- Prosodia Libertad (1951) Hoy proclamé la independencia de mis actos. A la ceremonia sólo concurrieron unos cuantos deseos insatisfechos, dos o tres actitudes desmedradas. Un propósito grandioso que había ofrecido venir envió a última hora su excusa humilde. Todo transcurrió en un silencio pavoroso. Creo que el error consistió en la ruidosa proclama: trompetas y campanas, cohetes y tambores. Y para terminar, unos ingeniosos juegos de moral pirotécnica que se quedaron a medio arder. Al final me hallé a solas conmigo mismo. Despojado de todos los atributos de caudillo, la media noche me encontró cumpliendo un oficio de mera escribanía. Con los últimos restos de heroísmo emprendí la penosa tarea de redactar los artículos de una dilatada constitución que presentaré mañana a la asamblea general. El trabajo me ha divertido un poco, alejando de mi espíritu la triste impresión de fracaso. Leves e insidiosos pensamientos de rebeldía vuelan como mariposas nocturnas en torno de la lámpara, mientras sobre los escombros de mi prosa jurídica pasa de vez en cuando un tenue soplo de marsellesa. Homenaje a Otto Weininger (Con una referencia biológica del barón Jakob von Uesküll) (1960) Al rayo del sol, la sarna es insoportable. Me quedaré aquí en la sombra, al pie de este muro que amenaza derrumbarse. Como a buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra. La seguí con celo entrañable. A ella, la que tejió laberintos que no llevaron a ninguna parte. Ni siquiera al callejón sin salida donde soñaba atraparla. Todavía hoy, con la nariz carcomida, reconstruí uno de esos itinerarios absurdos en los que ella iba dejando, aquí y allá, sus perfumadas tarjetas de visita. No he vuelto a verla. Estoy casi ciego por la pitaña. Pero de vez en cuando vienen los malintencionados a decirme que en este o en aquel arrabal andaba volcando embelesada los tachos de basura, pegándose con perros grandes, desproporcionados. Siento entonces la ilusión de una rabia y quiero morder al primero que pase y entregarme a las brigadas sanitarias. O arrojarme en mitad de la calle a cualquier fuerza aplastante. (Algunas noches, por cumplir, ladro a la luna). Y me quedo siempre aquí, roñoso. Con mi lomo de lija. Al pie de este muro cuya frescura socavo lentamente. Rascándome, rascándome. . . Alarma para el año 2000 (1961) ¡Cuidado! Cada hombre es una bomba a punto de estallar. Tal vez la amada hace explosión en brazos de su amante. Tal vez. . . Ya nadie puede ser vejado ni aprehendido. Todos se niegan a combatir. En los más apartados rincones de la tierra, resuena el estrépito de los últimos descontentos. El tuétano de nuestros huesos está debidamente saturado. Cada fémur y cada falange es una cápsula explosiva que se opera a voluntad. Basta con apoyar frecuentemente la lengua contra la bóveda palatina y hacer una breve reflexión colérica. . . 5, 4. 3, 2, 1. . . el índice de adrenalina aumenta, se modifica el quimismo de la sangre y ¡cataplum! Todo desaparece en derredor. Cae después una ligera llovizna de ceniza. Pequeños grumos viscosos flotan en el aire. Fragmentos de telaraña con leve olor nauseabundo como el bromo: es todo lo que queda del hombre que fue. No hay más remedio que amarnos apasionadamente los unos a los otros. Volver al inicio Volver al índice |