| | Volver al índice Juan Rulfo (México, 1917-1986) Como que leyendo a Juan Rulfo, y después de leerlo, ve uno la vida de otra manera. Y esto suele ocurrir con muchos escritores que de verdad lo son, pero sucede con Rulfo que si no es en las escuelas, cuando adolescentes, los adultos no lo leen, aun los que tienen una mediana cultura y hablan de él como se habla del Quijote sin haberlo leído, como los que no pasaron de las primeras líneas, aquello de “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, o no pasaron, en Pedro Páramo, de “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre. . .” En fin, los que todo no leyeron todo se lo perdieron. La obra creativa de Rulfo, tan mínima y tan grande, persiste a nivel mundial, cuando el escritor y muchos de sus críticos ya han desaparecido.
Había una vez un hombre que no era burócrata, mas para sostenerse desempeñaba un trabajo burocrático en Migración, donde le habían dado un empleo. Fuera de las horas de oficina venía el verdadero trabajo: escribía una novela que nunca publicó. Mucho escribió sin publicar Juan Rulfo. Rompía y volvía a hacer y después volvía a tirar los textos que no le sastifacían, hasta que algunos amigos lo convencieron de que no siguiera destruyéndolos. Pero mucho escribió y destruyó hasta llegar a las dos obras maestras: El llano en llamas y Pedro Páramo. A partir de ahí, el mutismo. A sus lectores no les quedó más remedio que concentrarse en los dos prodigiosos textos. Mirada inteligente y mandíbula apretada: callaba a veces en las reuniones sociales, invadido por los mundos que llevaba a dentro, pero era el centro de atención de cualquier manera. El de Sayula, escritor. Los cuentos de El llano en llamas son de 1953 y la novela Pedro Páramo de 1955. Doctor honoris causa por la UNAM en 1985; también doctorados merecen los poetas. Aunque Rulfo negó haber utilizado en Pedro Páramo material autobiográfico, algunos relacionan a Pedro Páramo y la búsqueda de su padre con el autor del relato. Según una crónica de Felipe Cobián Rosales, don Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, padre de Juan, fue asesinado por Guadalupe Nava, “hijo del entonces presidente municipal de Tolimán”, por haber protestado don Juan Nepomuceno por la incursión en sus tierras del ganado de Nava.
De Juan Rulfo muchos han escrito, entre ellos Octavio Paz y Carlos Fuentes. Se ha escrito acerca de Rulfo más de lo que él escribió, pero no se ha logrado igualar el misterio de su prosa, supersticiosa y poética; el hacerse y deshacerse del natural, nunca rebuscado, a veces candoroso y por ende eternecedor, misterio de sus personajes. Vivir los sueños para ellos es sencillo. Seguirlos, para nosotros consiste en leer a Rulfo. Dejarnos llevar por su mundo y al cerrar el libro no poderlo jamás olvidar. Leer a Juan Ruflo se traduce en darle otra dimensión a lo cotidiano.
------------------------
Pedro Páramo
Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: “Todos escogen el mismo camino. Todos se van”. Después volvió al lugar donde había dejado sus pensamientos. Susana -dijo. Luego cerró los ojos-. Yo te pedí que regresaras. . . “. . . Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna, tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo trasparentándose en el agua de la noche. Susana. Susana San Juan.” Quiso levantar su mano para aclarar la imagen: pero sus piernas lo retuvieron como si fuera de piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado. “Ésta es mi muerte”, dijo.
El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaba de un recuerdo a otro desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida. “Con tal de que no sea una nueva noche”, pensaba él.
Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas. De eso tenía miedo.“Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré manos para taparme los ojos y no verlo. Tendré que oírlo; hasta que su voz se apague con el día, hasta que se le muera su voz.” Sintió que unas manos le tocaban los hombros y enderezó el cuerpo, endureciéndolo. -Soy yo, don Pedro -dijo Damiana-. ¿No quiere que le traiga su almuerzo? Pedro Páramo respondió: -Voy para allá. Ya voy. Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras. Volver al inicio Volver al índice |