Volver al índice

Julio Cortazar
(autor argentino, 1914-1984)
Hubo un tiempo, a partir de su publicación en 1963, en que no había quien no leyera Rayuela, el libro más difundido, mundialmente, de Julio Cortázar. En los centros de estudios universitarios, alumnos y profesores dicutían acerca de esta lectura, en todo lugar cultos e incultos la disfrutaban, cada quien entendiéndola, asimilándola a su manera, y hasta a los que no sabían leer había quien se las relatara: con mudo sombro y placer la disfrutaban lo mismo campesinos y obreros que intelectuales.

¿Y hoy? Pues sucede que la gente sigue disfrutando este libro, leyéndolo y releyéndolo, encontrando felicidad en sus páginas y comprándolo en las librerías, más allá de tratar de divertirse, o evadirse en el cine o la televisión. Lo de Cortázar es, como generalmente todo libro, más íntimo, crea una solidaridad lector-autor, una amistad fascinante entre esos dos seres, el que lee y el que escribe. Finalmente, tener por amigo a Julio Cortázar no deja de ser interesante.

Nace en Bruselas y muere en París. Lo entierran en el cementerio de Montparnasse, el 14 de febrero de 1984. Un puñado de amigos asiste a la ceremonia. La foto del entierro está publicada en una de las ediciones de Rayuela, una de las mejores, introducción de Andrés Amorós, quien dedica 107 páginas a estudiar a Rayuela y a Cortázar.

Es una edición argentina. De muy niño, la familia de Julio Cortázar lo llevó a vivir a Argentina. Allí se convirtió en uno de los escritores más famosos del llamado “boom” hispanoamericano. Rayuela tiene mucho contacto con el habla popular; está a veces escrita en “argentino” pero ni a Argentina ni a París (lugar de la acción) les pertenece: su nivel es universal.

La cultura desborda las páginas del libro, avasalla a la vez que resplandece. Jamás abruma al lector. Nunca resulta pedante. La maneja Cortázar con tal, despreocupada, elegancia que aun el más inculto la agradece; la va asimilando el lector en sorbitos lentos, como lo hace la Maga, ese personaje eje del relato, tan distraída, como “desenchufada” de realidades, ignorante pero lista, maestra que puede ser, por su natural instinto, de los sabios más sabios que en el mundo han sido. La Maga, que vive y deja vivir. Al lector y a los personajes ficción que con ella comparten vidas en el libro los aleja de preocupaciones, vuelve fácil todo lo difícil, la Maga. Quien haya conocido a la Maga nunca la podrá olvidar. Y quien haya leído a Julio Cortázar, volverá a él, todos volveremos a Rayuela porque nos acercó a instantes de libertad.

En alguno de sus escritos, por ejemplo en Bestiario (1951), donde se lanza de lleno a la tradición europea de la literatura fantástica, Julio Cortázar está profundamente influido por Jorge Luis Borges: ambos autores son grandes exponentes del llamado realismo mágico. Entre las obras de Cortázar más conocidas ( la más difundida es Rayuela) se cuentan Historias de cronopios y de famas (1962), Todos los fuegos el fuego (1966), Octaedro (1974), en cuanto a novelas, además de poemas y recopilaciones de cuentos. Nicaragua, tan violentamente dulce (1984) es un testimonio de apoyo al régimen sandinista y en el mismo año aparecen los poemas de su libro póstumo: Salvo el crepúsculo. Poco antes, en 1981, había adquirido la nacionalidad francesa.

Hoy, Oliveira y la Maga son ya personajes clásicos. Y Rayuela ha pasado a ser una obra clásica, sin por ello dejar de estar viva. Ambición de novela total, de libro que quiere, y logra, ser muchos libros. Hay un mapa del París de Rayuela. Hay una manera ----contagiosa-- de ser y de vivir de los personajes de Rayuela. En la tradición de la gran novela intelectual europea, no deja de ser antinovela esta novela que al latinoamericano le llega, como a otros ciudadanos del mundo, como novela poética.

“En fin, literatura”. La búsqueda existencial de cada personaje convertida por Julio Cortázar en obra de arte.

------------

Rayuela
(Fragmentos del capítulo 1)

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizás estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sébastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cineclub o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el cielo innoble del tacho de la basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito del ferrocarril, y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkyria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu’en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movía, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh, Maga, y no estábamos contentos.
(. . . . )
Y mira que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo-Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la araña Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. Y entonces en esos días íbamos a lo cineclubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien, y que Pabst, y que Fritz Lang. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos hamburgers en el Carrefour de l’Odéon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel, a cualquier almohada . . .

Volver al inicio

Volver al índice