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Justo Sierra Méndez
(México, 1848-1912)
El nombre del maestro Justo Sierra destaca, a través de la historia, en círculos intelectuales, universitarios, periodísticos. Abogado, hijo del también abogado Justo Sierra O’Reilly y padre de aquel gran caballero que fue don Manuel J. Sierra, quien casó con la escritora Margarita Casasús, descendiente de Ignacio Manuel Altamirano. Tuvo el maestro Justo Sierra un hermano, Santiago, que fue encargado de negocios en la embajada de México en Chile y periodista que en las páginas de La Libertad inició una polémica con el director del periódico La Patria, Ireneo Paz, padre de Octavio, lo que derivó en un duelo en el que Ireneo mató a Santiago Sierra.

Este álbum de familia nos lleva por los estados de Campeche, donde nació el maestro; Mérida, donde murió Sierra O’Reilly, y la ciudad de México donde Sierra Méndez fue secretario de Instrucción Pública de 1905 a 1911 y uno de los fundadores, en 1910, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente la estatua del maestro Justo Sierra está en el edificio de la Secretaría de Educación Pública y en la UNAM hay un retrato al óleo realizado por Leandro Izaguirre.

Después de haber formado parte del gabinete de Porfirio Díaz, Justo Sierra es llamado por Madero a colaborar con su gobierno y enviado a Madrid en 1912, como ministro plenipotenciario de México en España. Muere en Madrid, en ese mismo año; sus restos son traídos a México y presiden su funeral el Presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez.

Escribe Andrés Henestrosa que las palabras de Justo Sierra cuando la inauguración de la Universidad son “el más perfecto de sus discursos.” Y añade: “No sólo por el contenido y por la forma sino por la emoción patriótica que lo ilumina. El credo de Gómez Farías, de Ocampo, de Mora, de Barreda, alcanzan aquí su cabal coronamiento. La universidad ha de investigar, pero no a espaldas del pueblo; ha de crear profesionistas, pero con sentido humano y con responsabilidad colectiva”.

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Las obras completas del maestro Justo Sierra fueron reunidas a partir de 1948 por la Universidad Nacional Autónoma de México, en ediciones establecidas principalmente por Agustín Yáñez. Destacan Evolución política del pueblo mexicano, conocida primero como México, su evolución social (1900-1902), y Juárez, su obra y su tiempo, uno de los libros de Justo Sierra más leídos.

Juarista empedernido, don Justo. La evolución política del pueblo mexicano comprende lo ensayos titulados Las civilizaciones aborígenes y la conquista, El periodo colonial y la Independencia, La República, La Reforma, La intervención (1861-1867) y La era actual. Son además de interés vigente, como si hoy y no hace algo más de ciento cincuenta años hubieran sido escritos, sus artículos de periodismo político, recopilados en gran parte por Leopoldo Zea.

Forman también parte de la obra de Justo Sierra sus poemas, crónicas de viaje, una pieza de teatro titulada Piedad, y la novela El ángel del porvenir, inicialmente publicada por entregas en El renacimiento (1869) y después en forma de libro, en 1873. Entre las obras completas tienen especial interés los artículos, discursos, apuntes, ensayos, reunidos sobre el tema La educación nacional.

Polígrafo y hombre de bien, a quien admiró José Vasconcelos, y que muchos logros obtuvo en favor de la educación pública, al final de Evolución política del pueblo mexicano escribió: “Educar quiere decir fortificar; la libertad, médula de leones, sólo ha sido, individual y colectivamente, el patrimonio de los fuertes: los débiles jamás han sido libres. Toda la evolución social mexicana habrá sido abortiva y frustránea si no llega a ese final total: la libertad”.

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Evolución política del pueblo mexicano
(Fragmento)

. . . Nuestra personalidad nacional, al ponerse en relación directa con el mundo, se ha fortificado, ha crecido. Esa evolución es incipiente sin duda: en comparación de nuestro estado anterior al último tercio del pasado siglo, el camino recorrido es inmenso; y aun en comparación del camino recorrido en el mimo lapso por nuestros vecinos, y que debe ser virilmente nuestro punto de mira y referencia perpetua, sin ilusiones, que serían mortales, pero sin desalientos, que serían cobardes, nuestro progreso ha dejado de ser insignificante.

Nos falta devolver la vida a la tierra, la madre de las razas fuertes que han sabido fecundarla, por medio de la irrigación; nos falta, por este medio con más seguridad que por otro alguno, atraer al inmigrante de sangre europea, que es el único con quien debemos procurar el cruzamiento de nuestros grupos indígenas, si no queremos pasar del medio de civilización, en que nuestra nacionalidad ha crecido, a otro medio inferior, lo que no sería una evolución, sino una regresión. Nos falta producir un cambio completo en la mentalidad del indígena por medio de la escuela educativa. Esta, desde el punto de vista mexicano, es la obra suprema que se presenta a un tiempo con carácter de urgente e ingente. Obra magna y rápida, porque o ella, o la muerte.

Convertir al terrígena en un valor social (y sólo por nuestra apatía no lo es), convertirlo en el principal colono de una tierra intensivamente cultivada; identificar su espíritu y el nuestro por medio de la unidad del idioma, de aspiraciones, de amores y de odios, de criterio moral; encender ante él el ideal divino de una patria para todos, de una patria grande y feliz; crear, en suma, el alma nacional, esta es la meta asignada al esfuerzo del porvenir, ese es el programa de la educación nacional. Todo cuanto conspire a realizarlo, y sólo eso, es lo patriótico; todo obstáculo que tienda a retardarlo o desvirtuarlo es casi una infidencia, es una obra mala, es el enemigo.

El enemigo es íntimo; es la probabilidad de pasar del idioma indígena al idioma extranjero en nuestras fronteras, obstruyendo el paso a la lengua nacional; es la superstición que sólo la escuela laica, con su espíritu humano y científico, pude combatir con éxito; es la irreligiosidad cívica de los impíos que, abusando del sentimiento religioso inextirpable de los mexicanos, persisten en oponer a los principios, que son la base de nuestra vida moderna, los que han sido la base religiosa de nuestro ser moral; es el escepticismo de los que, al dudar de que lleguemos a ser aptos para la libertad, nos condenan a muerte.

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