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Manuel Acuña
(México, 1849-1873)
Entre sus diecinueve y sus veinticuatro años, edad en que murió, Manuel Acuña escribe su obra: poesía, artículos, cartas y hasta una obra de teatro. Le basta para ser conocido como “el poeta de los ideales de la Reforma”. Condena el fanatismo y la tiranía y exalta el progreso. Algunos lo llamaron genio y oros lo tildaron de cursi. Como fuere, pasó a la historia. Hoy, a la distancia, se le ha estudiado en serio: ahí está el prólogo de José Luis Martínez a sus obras, reunidas en un solo tomo.

Para muchos quedó en el poeta del Nocturno a Rosario y de Ante un cadáver. Acuña se suicidó con cianuro y según contó Rosario de la Peña le propuso a ella que tomara el mismo veneno porque seguro “era bella la muerte en compañía”. Al parecer Rosario nunca le dio gran importancia al amor que por ella sentía el poeta, pero el Nocturno los unió a través del tiempo y siempre quedó ella como “Rosario, la de Acuña”.

“Como deben llorar en l’última hora / los inmóviles párpados de un muerto”, escribió alguna vez Manuel Acuña. Y se dice que de los cerrados ojos del cadáver del poeta brotaron lágrimas, como él lo había dicho en su poema. Al entierro acudieron representantes de diversas asociaciones literarias. Entre los oradores estaban Juan de Dios Peza, José Rosas Moreno y Justo Sierra.

Nacido en Saltillo, Coahuila, Acuña cursó latín, francés, matemáticas, filosofía, en el Colegio de San Ildefonso de la ciudad de México. Posteriormente ingresó a la Escuela de Medicina. Fundó la sociedad literaria Netzahualcóyotl, que seguía la línea nacionalista de Altamirano. Le apasionaban los temas sociales y consideraba que la educación, la ciencia y el progreso lograrían redimir a los seres humanos. Su poesía sigue el camino de los románticos a la vez que de los positivistas. Sus poemas románticos son los más conocidos.

Escribió algunas Doloras, a la manera de Campoamor, pero fueron composiciones poco logradas. Leyó e imitó a Espronceda, Víctor Hugo y Byron, entre otros creadores de grandes tiradas líricas. Prefirió después el tono más íntimo, coloquial de sus poemas amorosos. Fue su romanticismo fuerte, vigoroso y violento; había siempre dejos de ternura y de angustia. Mostró habilidad al escribir, aunque no llegó a dominar las formas poéticas que requerían mayor soltura. No le bastó su corta vida para madurar totalmente conceptos poéticos a los que habría podido llegar. Como dijo Justo Sierra en el entierro del poeta: todo “lo cambió por el triste derecho a morir”.

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Nocturno
(A Rosario)

¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,
decirte que te quiero con todo el corazón:
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto y al grito en que te imploro
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días
Estoy enfermo y pálido de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas las esperanzas mías,
que están mis noches negras, tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir.

De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver,
camino mucho, mucho, y al final de la jornada
las formas de mi madre se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

Comprendo que tus besos jamás han sido míos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;
y te amo, y en mis locos y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

A veces pienso en darte mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos y hundirte en mi pasión;
mas si es en vano todo y el alma no te olvida,
¡qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,
qué quieres tú que yo haga con este corazón?

Y luego que ya estaba concluído tu santuario,
tu lámpara encendida, tu velo en el altar;
el sol de la mañana detrás del campanario,
chispeando las antorchas, humeando el incensario,
¡y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar . . .!

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre y amándonos los dos;
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma, los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros, mi madre como un dios!

¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida,
y al delirar en eso con la alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno, por ti, no más por ti.

¡Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer;
bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho bajo el hogar risueño
que me envolivó en sus besos cuando me vio nacer!

Esa era mi esperanza. . . mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo que existe entre los dos,
¡adiós por la vez última, amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores;
mi lira de poeta, mi juventud, adiós!
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