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Mariano Azuela
(México, 1873-1952)
Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos, Rafael F. Muñoz y Mauricio Magdaleno, ente otros, fueron los grandes artífices de la llamada Novela de la Revolución Mexicana, conjunto de narraciones inspiradas en acontecimientos de los años 1910 a 1920 de la historia de nuestro país.

Médico, nacido en Lagos de Moreno, Jalisco, Azuela se incorpora a la revolución maderista y se une después a las tropas de Francisco Villa. Llega desterrado a El Paso, Texas, y en el diario de esa ciudad, El Paso del Norte, publica por entregas, de octubre a diciembre de 1915, su novela Los de abajo, que aparece en forma de libro en 1916. Se instala posteriormente en la ciudad de México, barrio de Tlatelolco, y sigue escribiendo. El diario El Universal le acepta su novela Los caciques, por la que le paga cien pesos.
Tiempo aquellos. “Con los cien pesos que me pagaron -dice el autor- comencé a ejercer mi profesión, me radiqué en esta capital, eduqué a mi hijo y he llegado a una vejez tranquila, conservando una independencia que no cambiaría por todo el oro del mundo”.

De Los de abajo se ha dicho que es la novela más vendida en la historia de la literatura mexicana. Combates, ejecuciones, masacres, anécdota, todo se entremezcla alrededor del general revolucionario Demetrio Macías, a la vez generoso y cruel en épocas que fueron a la vez de generoso heroísmo y de pillaje.

Por haber subrayado episodios cruentos de la Revolución, en vez de resaltar los ideales que la guiaron, Azuela ha sido acusado con frecuencia de “reaccionario”, pero su obra sigue siendo clásica e imprescindible. “El estilo de Mariano Azuela ­ afirma el ensayista francés Valéry Larbaud--, su estilo vigoroso se relaciona con escritores que en sus mejores momento nos recuerdan, en forma más o menos confusa, la brevedad y la fuerza de Tácito (. . . ) Con Azuela vemos de más cerca la acción y más lejos los grandes conjuntos, los grandes personajes. Nos encontramos entre los de abajo”.

Cuenta Antonio Castro Leal que ante el ataque por sorpresa de una partida de fuerzas carrancistas, “yo -nos dice Azuela- al amparo de un covachón abierto en la peña viva, tomaba apuntes para la escena final de la novela”.

Los caciques describe a las fuerzas conservadoras que van reafirmándose durante el gobierno de Francisco I. Madero. “La verdad -dice el autor- es que estábamos cansados de esta gente decente que consagra la mañana a la misa y a sus devociones y por la tarde compra maíz al tiempo, celebra contrato de venta con pacto de retroventa y hace otras muchas operaciones del mismo género”.

En Las moscas, la Revolución ya ha triunfado pero ahora lo caudillos luchan entre sí para quedarse con el poder.

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Los de abajo
(El final de la novela)

. . . Los hombres de Macías hacen silencio un momento. Parece que han escuchado un ruido conocido: el estallar lejano de un cohete, pero pasan algunos minutos y nada se vuelve a oír.

-En esta misma sierra -dice Demetrio- yo, sólo con veinte hombres, les hice más de quinientas bajas a los federales.
Y cuando Demetrio comienza a referir aquel famoso hecho de armas, la gente se da cuenta del grave peligro que va corriendo. ¿Conque si el enemigo, en vez de estar a dos días de camino todavía, le fuera resultando escondido entre la maleza de aquel formidable abarranco, por cuyo fondo se han aventurado? Pero ¿quién sería capaz de revelar su miedo? ¿Cuándo los hombres de Demetrio dijeron: “Por aquí no caminamos”?Y cuando comienza un tiroteo lejano, donde va la vanguardia, ni siquiera se sorprenden ya. Los reclutas vuelven grupas en desenfrenada fuga, buscando la salida del cañón.

Una maldición se escapa de la garganta seca de Demetrio:
-¡Fuego! . . . ¡Fuego sobre los que corran! . . .
-¿A quitarles las alturas!, ruge después como una fiera.
Pero el enemigo, escondido a millaradas, desgrana sus ametralladoras y los hombres de Demetrio caen como espigas cortadas por la hoz.
Demetrio derrama lágrimas de rabia y de dolor cuando Anastasio resbala lentamente de su caballo, sin exhalar una queja, y se queda tendido. Inmóvil. Venancio cae a su lado, con el pecho horriblemente abierto por la ametralladora y El Meco se desbarranca y rueda al fondo del abismo. . . De repente Demetrio se encuentra solo. Las balas zumban en sus oídos como una granizada. Desmonta, arrastrándose por las rocas hasta encontrar un parapeto, coloca una piedra que le defienda la cabeza y, pecho a tierra, comienza a disparar.
El enemigo se disemina, persiguiendo a los raros fugitivos que quedan ocultos entre los chaparros.
Demetrio apunta y no yerra un solo tiro. . . ¡Paf!. . . ¡Paf!. . . ¡Paf!. . .
Su puntería famosa lo llena de regocijo: donde pone el ojo pone la bala. Se acaba un cargador y mete otro nuevo. Y apunta.
El humo de la fusilería no acaba de extinguirse. Las cigarras entonan su canto, imperturbable y misterioso; las palomas cantan con dulzura en las rinconadas de las rocas; ramonean apaciblemente las vacas.
La sierra está de gala; sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia.
Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil. . .

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