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Miguel Hernández
(España, 1910-1942)
De cárcel en cárcel, así iba el calvario del poeta Miguel Hernández. Cárceles de la guerra civil de España, 1936-1939, y victoria, con ayuda de Hitler y Mussolini, del dictador que encabezó el golpe de Estado contra el gobierno democrático de la República. Cárceles de las que el franquismo siguió sacando presos para fusilarlos hasta 40 años después, en 1976, cuando murió el caudillo asesino.

En 1942 Miguel Hernández tenía 32 años. Y murió de cárcel, aunque dijeron que era tifus que degeneró en tuberculosis. Había pasado por la humedad, el frío, el aislamiento, el hambre, los golpes, los piojos y las ratas. En su acta de defunción, levantada a solicitud de su viuda, amor de siempre, Josefina Manresa, consta que “cumplía pena de 30 años de reclusión mayor”, impuesta por el “Tribunal Militar de Madrid”, por el “delito de adhesión a la rebelión militar”. Desde luego que los rebeldes, los que se habían levantado en armas contra el gobierno elegido por el pueblo, eran los franquistas.

Miguel Hernández de niño era pobre y toda su vida siguió siéndolo. Por escasez económica no pudo asistir a muchas escuelas y fue autodidacto. Llegó de su terruño de Orihuela, Alicante, y se abrió camino entre los intelectuales de Madrid y también de Leningrado, París y Estocolmo. Lo elogiaron Juan Ramón Jiménez. García Lorca, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Antonio Machado, César Vallejo y Pablo Neruda, entre muchos otros. Así Miguel Hernández publica Perito en luna, El rayo que no cesa, Viento del pueblo y Romancero y cancionero de ausencia, compendios de poemas ahora célebres.

Durante la guerra civil el poeta toma partido por la causa de los leales y se alista como voluntario en el Quinto Regimiento de las fuerzas republicanas, yendo a cavar trincheras con quienes como él habían labrado tierras que no eran suyas. Cuando el asesinato de García Lorca por los franquistas, Miguel expresa:

“Desde las ruinas de sus huesos me empuja el crimen con él cometido por los que no han sido ni serán pueblo jamás, y es su sangre el llamamiento más imperioso y emocionante que siento y que me arrastra hacia la guerra”. Y Miguel Hernández recitaba versos, muchos de ellos versos de amor, a través de los altavoces del frente de batalla.

Ya recluído en la cárcel de Torrijos escribe las célebres coplas de las Nanas de la cebolla, inspiradas por el hambre que sufrían su mujer y su pequeño hijo. Poco después es condenado a muerte, sentencia que no llega a cumplirse porque el poeta muere de soledad, de enfermedad, virus y malos tratos.
Y sin embargo fue Miguel Hernández hombre optimista, alegre y con sentido del humor. Fue ante todo un hombre íntegro Y un poeta cuya voz sigue oyéndose en el mundo.

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Hijo de la luz y de la sombra
Nanas de la cebolla


La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarcha de azúcar, cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu rosa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

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