| | Volver al índice Octavio Paz (México, 1914-1998) Octavio Paz, el siempre leído, consultado, citado, querido, aplaudido y a veces vilipendiado, a veces El Desdichado, título del célebre poema de Gérard de Nerval, título que el autor escribió en castellano y versos de los que poetas de prestigio, incluyendo a Paz, han hecho traducciones. En todo caso, Octavio Paz, el del éxito y la fama. Premio Cervantes en 1981, Premio Nobel en 1990. Todo lo cual quiere decir una vida de trabajo, desgaste intenso. Y sin embargo, ¿una vida feliz, si es que alguna vida puede serlo? En todo caso una vida lograda, porque dedicada al ejercicio de la escritura, que en Paz fue profesión y pasión.
Algunos lo prefieren como ensayista y otros como poeta. Como fuere, dejó al mundo un importante legado: el del pensamiento y a la vez el del arte y la belleza. Ha sido considerado --Ramón Xirau lo subraya-- como el más grande poeta en lengua castellana del siglo XX. Y dio prestigio a México en el orbe. Fue mexicano, nacido y muerto en el Distrito Federal.
Hijo de Octavo Irineo Paz Solórzano, abogado durante el gobierno de Victoriano Huerta y después secretario de Emiliano Zapata. Nieto, Octavio Paz, de Irineo Paz Flores, también abogado y escritor, que apoyó el Plan de la Noria (1871), en el cual Porfirio Díaz acusaba a Benito Juárez de haber convertido el Congreso en “una cámara cortesana, obsequiosa y resuelta siempre a seguir los impulsos del Ejecutivo”. Así pensaba Díaz, después por tantos años dictador.
Antes que los antecedentes familiares, antes incluso que el valor, indiscutible, de su creación literaria, antes que el Nobel, lo que distinguió a Octavio Paz, además de su talento, fue su generosidad y nobleza. Alguna vez, por actitudes asumidas hacia el final de su vida, se le tildó de reaccionario. Falso. En 1937 asistió en España a un congreso antifascista: el Segundo Congreso Internacional de Escritores, efectuado en Valencia durante la guerra civil de España, que perdieron los liberales republicanos debido al apoyo de la aviación de Hitler y de Mussolini bombardeando a la población por órdenes de Francisco Franco, cuya criminal dictadura se prolongó durante cuarenta años, durante todos los cuales continuaron los asesinatos. Octavo Paz, en la guerra civil de España, del lado republicano.
Durante una estancia en París (1942-1946), Paz se relacionó con escritores del movimiento surrealista, que habría de influir notablemente en la obra del mexicano. Acerca del pintor surrealista Marcel Duchamp, autor del célebre cuadro Desnudo bajando la escalera, en el que desde luego no hay ni desnudo ni escalera, Paz escribió uno de sus más lúcidos ensayos, publicado en 1968 con el título de Marcel Duchamp o el castillo de la pureza, y reeditado como Apariencia desnuda. En el mimo año de 1968, Octavo Paz, que desde 1962 era embajador de nuestro país en la India, renunció al puesto en protesta contra el gobierno de Ordaz y la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.
Fue posteriormente catedrático de la Universidad de Cambridge y, en México, fundador y director de la revista Plural, del diario Excélsior, puesto al que renunció en 1976 y fundó la revista Vuelta, a cuyo frente estuvo hasta su muerte. En 1989 volvió a escribir para Excélsior y otros diarios. No únicamente se ocupó de su obra escrita sino de la de otros escritores, de diversos países y de México principalmente. Publicó antologías de la poesía mexicana; estudió y comentó a muchos autores. La parte principal de este trabajo está publicada en los voluminosos libros de sus Obras completas, tomo 4, Generaciones y semblanzas. La lista de las obras de Paz es larga. Entre sus ensayos destacan El laberinto de la soledad (1950), probablemente el más leído de sus libros; El arco y la lira (1956), Postdata (1970), El ogro filantrópico (1979), La otra voz, Poesía y fin de siglo (1990) y, en teatro, La hija de Rapaccini --pieza basada en el cuento de Nathaniel Hawthorn Rapaccini’s Daughter (1844)--, estrenada en México en 1956, con escenografía de Leonora Carrington. Entre los libros de poesía: Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España (1937), Voces de España (1938), Libertad bajo palabra (1949), Piedra de sol (1957), Salamandra (1962), El mono gramático (1974). En 1994 el Fondo de Cultura Económica inició la publicación de sus obras completas. De El laberinto de la soledad se han publicado en diversas lenguas más de un millón de ejemplares.
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El laberinto de la soledad (Final del capítulo Nuestros días)
Hemos olvidado que hay muchos como nosotros, dispersos y aislados. A los mexicanos nos hace falta una nueva sensibilidad frente a la América Latina; hoy esos países despiertan: ¿los dejaremos solos? Tenemos amigos desconocidos en los Estados Unidos y en Europa. Las luchas en Oriente están ligadas, de alguna manera, a las nuestras Nuestro nacionalismo, si no es una enfermedad mental o una idolatría, debe desembocar en una búsqueda universal. Hay que partir de la conciencia de que nuestra situación de enajenación es la de la mayoría de los pueblos. Ser nosotros mismos será oponer al avance de los hielos históricos el rostro móvil del hombre. Tanto mejor si no tenemos recetas ni remedios patentados para nuestros males. Podemos, al menos, pensar y obrar con sobriedad y resolución.
El objeto de nuestra reflexión no es diverso al que desvela a otros hombres y a otros pueblos: ¿cómo crear una sociedad, una cultura, que no niegue nuestra humanidad pero tampoco la convierta en una vana abstracción? La pregunta que se hacen todos los hombres hoy no es diversa a la que se hacen los mexicanos. Todo nuestro malestar, la violencia contradictoria de nuestras reacciones, los estallidos de nuestra intimidad y las bruscas explosiones de nuestra historia, que fueron primero ruptura y negación de las formas petrificadas que nos oprimían, tienden a resolverse en búsqueda y tentativa por crear un mundo en donde no imperen ya la mentira, la mala fe, el disimulo, la avidez sin escrúpulos, la violencia y la simulación. Una sociedad, también, que no haga del hombres un instrumento y una dehesa de la Ciudad. Una sociedad humana.
El mexicano se esconde bajo muchas máscaras, que luego arroja un día de fiesta o de duelo, del mismo modo que la nación ha desgarrado todas las formas que la asfixiaban. Pero no hemos encontrado aún esa que reconcilie nuestra libertad con el orden, la palabra con el acto y ambos con una evidencia que ya no será sobrenatural, sino humana: la de nuestros semejantes. En esa búsqueda, hemos retrocedido una y otra vez, para luego avanzar con más decisión hacia adelante. Y ahora, de pronto, hemos llegado al límite: en unos cuantos años hemos agotado todas las formas históricas que poseía Europa. No nos queda sino la desnudez o la mentira. Pues tras ese derrumbe general de la Razón y la Fe, de Dios y la Utopía, no se levantan ya nuevos o viejos sistemas intelectuales, capaces de albergar nuestra angustia y tranquilizar nuestro desconcierto; frente a nosotros no hay nada. Estamos al fin solos. Como todos los hombres, como ellos, vivimos el mundo de la violencia, de la simulación y del ninguneo; el de la soledad cerrada, que si nos defiende nos oprime y que al ocultarnos nos desfigura y mutila. Si nos arrancamos esas máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y pensar de verdad. Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres. Volver al inicio Volver al índice |