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Platón
(Atenas, 427 ­347 a. J.C.)
Platón fue discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles. Uno de los Diálogos más conocidos es La República. Otro, considerado valioso por la autocrítica que contiene, es el diálogo llamado Parménides, donde Platón expone su concepto de Idea, entendido de diversas maneras en el curso de los siglos, desde la Antiguedad hasta nuestros días. Parménides pertenece al grupo de Diálogos llamados “de la vejez”, y en él Platón retoma los temas fundamentales de su pensamiento filosófico y los somete a un severo examen crítico, en el que pocas veces llega a una conclusión. Por lo mismo, el texto resulta dramático.

En la obra de Platón, las preguntas versan sobre el ser de las cosas. Éstas, las que nos son dadas en el mundo sensible, pueden ser árboles, caballos, mesas, triángulos, pero solamente porque participan de la Idea de árbol, caballo, mesa, triángulo. Las cosas no son, porque no siempre han sido ni serán siempre. En cambio la Idea de triángulo, por ejemplo, es eterna y además perfeta y es el verdadero triángulo. Platón separa las cosas del mundo real, esdecir, el mundo sensible, del mundo de las ideas, y la relación entre estos dos mundos constituye la base de la metafísica del filósofo, base de su explicación del ser de las cosas y de su teoría del conocimiento.

Más accesible resulta La República, diálogo en el que Platón habla con un interlocutor imaginario y no establece dudas sino aseveraciones. Con base en lo que Platón afirma, el filósofo francés Émile Chartier, conocido como “Alain” (1868-1951), afirma que Platón no es idealista y su mundo no es de sueños sino “duro como el diamante y siempre el mismo”. A La República pertenece la célebre escena de la caverna: están los hombres encadenados dentro de la cueva, de espaldas a la entrada y sin poder volver la cabeza. Así no ven sino las sombras de objetos que traen otros hombres que pasan afuera, sombras proyectadas por la luz del fuego sobre un muro de la cueva. Y los prisioneros confunden las sombras que ven frente a ellos con la realidad. Aun cuando se les liberara y se les dejara ver hacia afuera, nada podrían distinguir hasta que se les condujera por la fuerza a la luz y la felicidad. De la misma manera, los seres humanos, encadenados a los intereses terrestres, confundimos lo verdadero y solamente por el conocimiento filosófico podemos llegar a la belleza de la contemplación de las ideas.

En La República, que es el Estado ideal que Platón propone, habría “gimnasia para el cuerpo y música para el alma”, habría comunidad de comidas, de mujeres y de hijos y deberíamos amar lo mismo a nuestros propios hijos que a los de nuestros semejantes. La pobreza es sana y los débiles habrán de perecer. Según Platón, en el gobierno democrático dominan los “bajos apetitos”. También, este pensador consideraba que los poetas suscitan pasiones violentas, de manera que la poesía debe ser proscrita de la República ideal, en la que, sin embargo, podrán subsistir himnos que canten a los héroes y a los dioses.

En 387, en jardines cercanos a Atenas, funda Platón su célebre Academia, escuela filosófica en la que seguirá difundiendo sus enseñanzas hasta el final de su vida. Profundamente marcado por la muerte de Sócrates, escribió Platón la apología de su maestro y lo erigió como personaje de los Diálogos. Entre éstos, los más conocidos además de La República, o de lo justo, son Fedro, o del amor; Timeo, o de la naturaleza; Critias, o de la Atlántida, El sofista, o del ser, Apología de Sócrates y Fedón, o del alma.

Platón temió que algunos no hubieran entendido bien la doctrina de Sócrates y a explicarla dedicó gran parte de su vida. A Platón se le considera como uno de los hombres que más han contribuido a nuestra cultura occidental.

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La República
(Libro VII, fragmento)

--El presente discurso nos hace ver que todos poseen en su alma la facultad de aprender, con un órgano a ello destinado; que todo el secreto consiste en apartar a ese órgano, con toda el alma, de la visión de lo que nace a la contemplación de lo que es, hasta que pueda fijar sus miradas en lo que hay de más luminoso en el ser; es decir, sean nosotros en el bien; del mismo modo que, si el ojo no estuviese dotado de movimiento propio, ocurriría por fuerza que todo el cuerpo habría de girar con él, en el tránsito de las tinieblas a la luz; ¿no es así?

--En efecto.
--En esa evolución que se obliga a hacer el alma, todo el arte consiste, pues, en hacerla girar de la manera más fácil y más útil. No se trata de conferirle facultad de ver, que ya tiene; pero su órgano está orientado en mala dirección, no mira adonde es debido, y eso es lo que hay que corregir.--Me parece que no hay otro secreto.
--Sobre poco más o menos, ocurre a las demás cualidades del alma lo que las del cuerpo; cuando no han sido dadas por la naturaleza, se adquieren mediante la educación y el cultivo. Mas por lo que hace a la facultad de saber, como quiera que es de naturaleza más divina, jamás pierde su virtud; únicamente pasa a ser útil o inútil, ventajosa o nociva, según la dirección que se le imprima. ¿No has observado aún hasta dónde llega la sagacidad de esos hombres, a quienes se da el nombre de pícaros redomados, y con qué penetración su mísera alma distingue todo aquello que les interesa? Su vista no es débil ni se halla turbada sino que, como la obligan a que sirva de instrumento a su malicia, son tanto más perjudiciales cuanto más sutiles y clarividentes.
--La observación es justa.
--Si desde la infancia se hubiesen descuajado esas inclinaciones criminales que, como otros tantos pesos de plomo, arrastran el alma hacia los placeres sensuales y groseros y la fuerzan a que mire siempre a lo bajo: si después de haberla librado de esos pesos se hubiese orientado su mirada hacia la verdad, con la misma sagacidad la hubiera distinguido.
--Así parece.
--¿No es consecuencia verosimil, o más bien necesaria, de cuanto queda dicho, que ni quienes no han recibido ninguna educación y no tienen ningún conocimiento de la verdad, ni aquéllos a quienes se ha dejado pasar toda su vida en estudio y meditación, son propios para la gobernación de los Estados, los unos porque en toda su conducta no tienen un fin fijo a que puedan referir todo lo que hagan en la vida pública o en la vida privada: los otros, porque jamás consentirán en encargarse de semejante fardo, creyéndose ya, en vida, en las islas afortunadas?
--Tienes razón.
--Según eso, a nosotros, que fundamos una república, nos incumbe obligar a los naturales excelentes a que se apliquen a la más sublime de todas las ciencias, a contemplar el bien en sí mismo y a elevarse hasta él por el escarpado camino de que hemos hablado; mas después que hayan llegado a él, y cuando lo hayan contemplado durante cierto tiempo, librémonos de permitirles lo que hoy se les permite.--¿Pues tan duros hemos de ser con ellos? ¿Por qué condenarlos a vida miserable, cuando pueden gozar de condición más dichosa?
--Otra vez olvidas, mi querido amigo, que el legislador no debe proponerse la felicidad de cierto orden de ciudadanos con exclusión de los demás, sino la felicidad de todos; que, con esta mira, debe unir a los ciudadanos en los mismos intereses, induciéndolos por la persuasión o por la autoridad a que unos a otros se den parte en las ventajas que están en condiciones de prestar a la comunidad; y que, al formar con cuidado semejantes ciudadanos, no pretende dejarles libertad para que hagan el uso que les plazca de sus facultades, sino servirse de ellos para robustecer el vínculo del Estado.--Verdad dices, lo había olvidado.

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