| | Volver al índice Ramón del Valle-Inclán (España, 1866-1936) Poeta ante todo, aun cuando escribe en prosa, supo Valle-Inclán transformar los escenarios de España abrumados por convencionalismos obsoletos. Muere el escritor en el año en que el golpe militar fascista inicia la guerra civil y posteriormente siempre quiso el franquismo vanagloriarse de la obra literaria y teatral de este autor, lo mismo que de la obra de García Lorca, asesinado por esa dictadura que 40 años después, hasta la muerte del caudillo, seguía persiguiendo y matando presos políticos en las cárceles de España.
Perteneció Ramón del Valle Inclán, con Unamuno, Pío Baroja, Azorín, Machado y Maeztu, entre otros, a la célebre “Generación del 98”. Por sus ataques a otra dictadura, la de Primo de Rivera fue perseguido y encarcelado en su patria; posteriormente, en tiempos del gobierno democrático de la República en España, de 1931 hasta el inicio de la guerra civil, dirigió la Academia de Bellas Artes de Roma.
Hombre liberal y de izquierdas, alma de artista, ha sido considerado el más brillante y valioso de los prosistas españoles de su época. Logró el reconocimiento --en aquellos tiempos se dijo la “consagración”-- de intelectuales y público con sus Memorias del Marqués de Bradomín, que contienen la Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata de primavera (1904) y Sonata de invierno (1905). Viajó a México en 1892 y en 1921, con motivo del centenario de la consumación de la Independencia. Durante este segundo viaje criticó a los españoles acaudalados aquí residentes, a los “gachupines”, a quienes calificó de reaccionarios, enemigos de la justicia e “ignorantes de las cualidades del indio mexicano”. En 1922 viajó a Estados Unidos y defendió allí la reforma agraria en México y la educación poupular. Al regresar a España hizo suyo el ideal zapatista y declaró “La tierra es de quien la labra”. La novela Tirano Banderas (1926) se inspira parcialmente en Porfirio Díaz. Un año después, 1927, publica La corte de los milagros. Entre sus obras de teatro: Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, Luces de Bohemia, y Martes de Carnaval, que contiene Las galas del difunto, Los cuernos de don Friolera y La hija del capitán. Divinas palabras se estrena en 1920. Mezcla de naturalismo y romanticismo, alterna el paganismo con escenas que describen una fe ardiente. Una mendiga arrastra en un carrito a su hijo, un enano hidrocéfalo. “Divinas palabaras”, dichas en latín por el sacristán, calman a la chusma que está a punto de liquidar a la mujer adúltera. Valle-Inclán toma partido por un teatro entonces novedoso, nunca visto, teatro de escándalo, de crítica, virulento, que con frecuencia se propone irritar al público. Lograr que el teatro haga renacer al espectador, “le entre por la piel”, como decía Antonin Artaud. Como dramaturgo, crea Ramón del Valle-Inclán los “esperpentos”. En Luces de bohemia, escribe: “Los ultraíastas son unos farsantes. El esperpento lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse al callejón del gato (. . .) Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada (. . .) Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas”. Teatro grotesco, el de Valle-Inclán, descendiente de aquellos moralistas del Siglo de Oro. Teatro que a veces recurre al Gran Guiñol. Teatro maestro en el arte barroco. Con los esperpentos, Valle-Inclán lleva al público más allá del dolor y de la risa, más allá de la ira, y anuncia el arribo de las más altas expresiones de la vanguardia.
----------------------------- Divinas palabras (Fragmento de la escena última)
Pedro Gailo: ¡El Santo sacramento me ordena volver por la mujer adúltera ante la propia iglesia donde nos casamos!
Pedro Gailo, que era sobre el borde del alero, se tira de cabeza. Cae con negro revuelo y queda aplastado, los brazos abiertos, la sotana desgarrada. Hace semblante de muerte. De pronto se alza renqueando y traspone la puerta de la iglesia.
Una voz: ¡Te creí difunto! Otra voz: ¡Tiene siete vidas! Quintín Pintado: ¡Jujurujú! ¡Miray que dejó los cuernos en tierra!
El sacristán ya salía por el pórtico, con una vela encendida y un libro de misal. El aire de la figura, extravío y misterio. Con el libro abierto y el bonete torcido, cruza la quintana y llega ante el carro del triunfo. Como para recibirle, asalta el camino la mujer desnuda, tapándose el sexo. El sacristán le apaga la luz sobre las manos cruzadas y bate en ellas con el libro.
Pedro Gailo: ¡Quien sea libre de culpa, tire la primera piedra! Voces: ¡Consentido! Otras voces: ¡Castrado!
Las befas levantan sus flámulas, vuelan las piedras y llamean en el aire los brazos. Cóleras y soberbias desatan las lenguas. Pasa el soplo encendido de un verbo popular y judaico. Una vieja: ¡Mengua de hombres!
El sacristán se vuelve con saludo de iglesia, y bizcando los ojos sobre el misal abierto, reza en latín la blanca sentencia.
Rezo latino del saristán: Qui sine peccato est vestrum primus in illam lapidem mittat. El sacristán entrega a la desnuda la vela apagada y de la mano la conduce a través del atrio, sobre las losas sepulcrales. . . ¡Milagro del latín! Una emoción religiosa y litúrgica conmueve las conciencias y cambia el sangriento resplandor de los rostros. Las viejas almas infantiles respiran un aroma de vida eterna. No falta quien se esquive con sobresalto, y quien aconseje cordura. Las palabras latinas, con su temblor enigmático y litúrgico, vuelan del cielo de los milagros. Serenín de Bretal: ¡Apartémonos de esa danza! Quintín Pintado: También me voy, que tengo sin guardas el ganado. Milón de la Arnoya: ¿Y si esto nos trae andar en justicias? Serenín de Bretal: No trae nada. Milón de la Arnoya: ¿Y si trujese? Serenín de Bretal: ¡Sellar la boca para los civiles, y aguantar mancuerna! Los oros del poniente flotan sobre la quintana. Mari-Gaila, armoniosa y desnuda, pisando descalza sobre las piedras sepulcrales, percibe el ritmo de la vida bajo un velo de lágrima. Al penetar en la sombra del pórtico, la enorme cabeza del idiota, coronada de camelias, se le aparece como una cabeza de ángel. Conducida de la mano del marido, la mujer adúltera se acoge al asilo de la iglesia, circundada del áureo y religioso prestigio, que en aquel mundo milagrero, de almas rudas, intuye el latín ignoto de las divinas palabras. Volver al inicio Volver al índice |