| | Volver al índice Ramón López Velarde (México, 1888-1921) “Sobre tu capital, cada hora vuela ojerosa y pintada, en carretela”
Abogado, profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, funcionario (en la Secretaría de Instrucción Pública, durante el gobierno del Presidente convencionista Roque González Garza), periodista político (en La Nación, El Pueblo, y Revista de Revistas, entre otras publicaciones), y también crítico literario, Ramón López Velarde fue, antes que nada, poeta.
Todo empezó con estudios como seminarista, que dejaron en él profunda huella. En 1910 es candidato a diputado por el Partido Católico. Y en 1921 escribe La suave patria, poema fechado el 24 de abril, del que citamos dos líneas al principio de esta nota y que forma parte de El son del corazón. Quien se acerque a La suave patria, que lo haga con acuciosidad, respeto y emoción no traducida en melodrama. Es poema que ha tipificado a López Velarde encasillándolo en géneros y estilos que no son de él, volviéndolo a veces obsoleto en vez de vanguardista, como lo fue en su tiempo y sigue siéndolo. Quien lea La suave patria que no la declame, que vaya más allá de tonos grandilocuentes de locutores engolados o de recitales escolares torpemente dirigidos. Olvidar la declamación y saborear en su justa dimensión el verso velardiano, que no requiere de exageraciones para convencernos.
En la madrugada del 19 de junio de 1921, en un pequeño departamento de la capital de México, el poeta muere de asfixia provocada por una neumonía. Había nacido en Jerez, Zacatecas, 33 años antes. Y allí había tenido sus amores, sensualidad desatada a pesar de, o quizás debido a los años de seminario en Aguascalientes.
Fue erótico y nunca vulgar. Le cantó a Fuensanta y a otras más, como la prima Águeda, que “aparecía, resonante de almidón”.
La creatividad de Ramón López Velarde no debe empequeñecerse reduciéndola únicamente a localismos de provincia. En tiempos en que la poesía mexicana estaba fuertemente influída por el quehacer poético francés de los grandes inmortales como Baudelaire y Rimbaud, López Velarde, admirador y seguidor de Amado Nervo, supo crear una poesía criolla y convertirse en uno de los iniciadores de la poesía moderna en lengua española, como lo afirma Octavio Paz.
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Mi corazón se amerita
(A Rafael López) Mi corazón leal, se amerita en la sombra. Yo lo sacara al día, como lengua de fuego que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz; y al oírlo batir su cárcel, yo me anego y me hundo en la ternura remordida de un padre que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.
Mi corazón leal, se amerita en la sombra. Placer, amor, dolor. . . todo le es ultraje y estimula su cruel carrera logarítmica, sus ávidas mareas y su eterno oleaje.
Mi corazón, leal, se amerita en la sombra. Es la mitra y la válvula . . . Yo me lo arrancaría para llevarlo en triunfo a conocer el día, la estola de violetas en los hombros del alba, el cíngulo morado de los atardeceres, los astros, y el perímetro jovial de las mujeres.
Mi corazón, leal, se amerita en la sombra. Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar como sangriento disco a la hoguera solar.
Así extirparé el cáncer de mi fatiga dura, seré impasible por el este y el oeste, asistiré con una sonrisa depravada a las ineptitudes de la inepta cultura, y habrá en mi corazón la llama que le preste el incendio sinfónico de la esfera celeste.
(En Zozobra, 1919)
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El mendigo
Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma de todos los voraces ayunos pordioseros: mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma del mar y al simulacro azul de los luceros.
El cuervo legendario que nutre al cenobita vuela por mi Tebaida sin dejarme su pan, otro cuervo transporta una flor inaudita, otro lleva en el pico a la mujer de Adán, y sin verme siquiera, los tres cuervos se van.
Prosigue descubriendo mi pupila famélica más panes y más lindas mujeres y más rosas en el bando de cuervos que en la jornada célica sus picos atavía con las cargas preciosas, y encima de mi sacro apetito no baja sino un pétalo, un rizo prófugo, una migaja.
Saboreo mi brizna heteróclita, y siente mi sed la cristalina nostalgia de la fuente, y la pródiga vida se derrama en el falso festín y en el suplicio de mi hambre creciente, como una cornucopia se vuelca en un cadalso.
(En Zozobra, 1919) Volver al inicio Volver al índice |