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Rubén Bonifaz Nuño
(México, 1923- )
Abogado, doctor en letras, investigador, fundador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Se le conoce como el primer escritor en lengua española que haya emprendido la enorme empresa de traducir en verso las Geórgicas, las Bucólicas y la Eneida de Virgilio, los Cármenes de Cátulo, las Elegías de Propercio. el Arte de amar, los Remedios del amor y las Metamorfosis de Ovidio. A estos y otros autores de la Antigüedad clásica, como los incluidos en su Antología de la lírica griega (1988), Bonifaz Nuño los amó, los tradujo amándolos, veló sobre sus textos y los cuidó, a semejanza del poeta latino acerca del cual escribió San Jerónimo: “Virgilio lamía sus libros como una osa lame a sus cachorros”.

Por si esta monumental obra de traductor-creador fuera poco, Bonifaz Nuño es ensayista (uno de sus trabajos en este campo: Cosmogonía antigua mexicana, publicado en 1995). Y es poeta de los desiertos, de los recuerdos, del amor y de la soledad; poeta en el que lo intelectual se da como espontáneo, autor de libros tan leídos y elogiados como Fuego de Pobres (1961) y La flama en el espejo (1971), o De otro modo lo mismo, volumen en el que el Fondo de Cultura Económica reúne, en 1979, las obras casi completas, hasta entonces, de Bonifaz. Vendrían después As de oros (1981), Antología personal (1983), Albur de amor (1987), Pulsera para Lucía Méndez (1989) y Del templo de su cuerpo (1992).

Octavo Paz, al definir el poema en general como “un organismo rítmico, una forma en perpetuo movimiento”, escribe acerca del libro de Bonifaz Tres poemas de antes, publicado por la UNAM en 1978: “ El tema de los poemas de Bonifaz Nuño es el tiempo y el amor, ambos fugitivos y recurrentes. La brevedad de la vida y la perennidad de la palabra: temas de Horacio y de Ronsard, temas de antes y de mañana, temas de ahora. A la manera del que acerca a su oído, repetida maravilla, una cacerola, leo los límpidos poemas de Bonifaz Nuño y oigo, al través de cada verso y de cada estrofa, los pasos del tiempo que pasa y regresa y vuelve a pasar. Al oírlos, veo cada uno de esos poemas como un árbol que arde, llama verde, en la transparencia del otoño”. Alude Paz a La verde lumbre, Rubén Bonifaz Nuño, que se publicó en Sombras de obras, Barcelona, 1983.

A Rubén Bonifaz no le dieron el Nobel, pero es Premio Nacional de Letras (1974), Premio Latinoamericano de Letras Rafael Heliodoro Valle(1984), Premio Jorge Cuesta (1985) y Premio Internacional Alfonso Reyes (1985). Más allá de los premios, es Bonifaz Nuño hombre cordial, positivo, ingenioso, retraído a la vez que afable, siempre en el quehacer de su escritura inmerso y a la vez siempre a la amistad dispuesto. Sabe disfrutar el instante y el paisaje. Es valeroso para afrontar la vida. Es el poeta de “la llama de nuestra vida -dice Carlos Montemayor- que se contempla a sí misma, que fulgura a solas con la verdad del fuego, ardiendo en nosotros pero también después de nosotros, como si siempre estuviera sola, mientras se le van desprendiendo nuestras cenizas”.

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La flama en el espejo
De los dos contrarios en alianza


De los dos contrarios en alianza,
¿qué rostro irá naciendo? ¿dónde
el hielo y la llama? ¿Por qué labios
nacerá mi alma entre sus dientes?
s
En alas de humo y en cenizas
la armazón efímera del árbol
se desata, y va su almendra pura
al eterno gozo de la llama.

Rostro inmóvil del tiempo; insigne
ciudad fundada con la hoguera
del sol; sentido sustentado
por la alegre ruina de ciudades
que engendraron la ciudad eterna.

¿En dónde la llama? ¿Hacia qué hielo,
mi corazón, irás quebrándote?

Rostro del tiempo que transcurre;
de muros eternos consumada,
arde la caída de otros muros;
los despojos del irreparable
tiempo que huye para el tiempo.

Nobles escorias, sobrenada,
como en el crisol, el sostenido
fulgor necesario y opulento,
y en el lago de oro emprende viaje
el paciente corazón nacido.

Ella en su boca y en el borde
labial del aliento, se congrega.
Y es amor el fuego que transmuta
y amor la maestría transmutada,
y es acto de amor el sacrificio,
y el prodigio sensual, y el día.

Y adviene clara, y desanuda
de lo inútil a mi alma; vuelve,
como la llama o como el tiempo,
en sí lo que era suyo. Deja,
fuera de sí, tan sólo oscuras
ruinas y cenizas y ciudades.

(En Zozobra, 1919)

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