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Sor Juana Inés de la Cruz
(México, 1651-1695)
Siempre entregada al servicio de los demás, murió contagiada por una epidemia cuando cuidaba a sus hermanas monjas del convento de San Jerónimo. Sor Juana Inés de la Cruz, mujer de letras culpable del “pecado” de ser culta, lo que muchos en su tiempo no le perdonaron.

Nace en la alquería de San Miguel Nepantla, hija del capitán vasco Pedro Manuel de Asabaje y de la criolla mexicana, quien --nos dice el escritor Francisco Monterde-- sabía leer, pero no escribir, cosa que parecía innecesaria para las mujeres de la época.

Se dice que Juana Inés sabía leer a la edad de tres años y que a los ocho compuso una loa de tema religioso. A los catorce ya era dama de compañía de la marquesa de Mancera, virreina de la Nueva España, cuyo esposo hizo que Juana presentara examen ante 40 letrados, quienes quedaron asombrados de los conocimientos que la joven poseía.

La marquesa de Mancera apoyó la decisión de Juana Inés de meterse a monja con las carmelitas descalzas, donde no soportó los rigores de la orden. Ingresó después al convento de San Jerónimo, donde vivió hasta su muerte y donde hoy todavía se veneran sus restos.

Bien sabido es lo criticada que fue la monja jerónima por tener la osadía de dedicarse a escribir y tener “demasiados” conocimientos literarios y científicos, en tiempos en que la mentalidad de la Inquisición influía notoriamente en la Iglesia. Alguna de las superioras de la monja llegó a prohibirle leer. Mas no solamente eso hacía: era también archivista y contadora, prestaba servicios a la comunidad, escribía música para enseñanza de sus alumnas y al final de su vida se desprendió de sus libros, unos cuatro mil que había podido reunir para sus estudios, y los donó, junto con sus instrumentos musicales, objetos que más que a otra riqueza alguna quería, para fines caritativos.

Dominó Sor Juana varias lenguas y fue autoridad en asuntos de teología, astronomía, filosofía, matemáticas y pintura. Ganó dos concursos de poesía convocados por la Real y Pontificia Universidad de México. Su dedicación a las letras hizo que la sociedad intelectual de su tiempo la presionara para abandonar la vida monástica, mas no lo hizo, por lo contrario, cada vez se autoimpuso en el convento mayor obediencia y sacrificios.

Uno de los mejores estudios sobre la vida y obra de Sor Juana Inés de la Cruz es el de Octavio Paz, en sus Obras completas publicadas por el el Fondo de Cultura Económica. La misma casas editorial publicó también las obras completas de Sor Juana en cuatro tomos: Lírica personal (romances, redondillas, décimas, entre otros versos); Villancicos y letras sacras, Autos y loas (entre los que destaca el auto El divino Narciso) y Comedias, sainetes y prosa, que contiene, entre otras obras, Los empeños de una casa, Amor es más laberinto y la famosa Carta Atenagórica, en la que la autora “hace juicio de un sermón del mandato que predicó el reverendísimo padre Antonio de Vieyra, de la compañía de Jesús, en el colegio de Lisboa”. Viene después la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.

“Sor Filotea” es el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, fundador del convento de Santa Mónica, en Puebla, quien amonestó a Sor Juana por su crítica, bien fundada, al jesuita Vieyra y le sugirió a la monja dedicarse menos a quehaceres literarios y más a obra de carácter piadoso. Esto último, obra piadosa, incluyendo la donación de sus libros y el cuidado de sus compañeras de orden durante la epidemia que le costó la vida, lo hizo Sor Juana durante toda su vida en el convento. En cuanto a la Carta, dedicada a Sor Filotea de la Cruz, atenagórica significa digna de la sabiduría de Atenea, lo cual era elogio para Sor Filotea.

Como poeta, la escritora fue influida por los clásicos de la época, particularmente Calderón de la Barca (Los empeños de una casa modifica el título de Calderón: Los empeños de un acaso), Lope de Vega y Góngora. Al poema filosófico de Sor Juana --un millar de versos-- sus editores le dieron el titulo de Primer sueño, sugiriendo alguna similitud con las Soledades de Góngora. Pero el Sueño de Sor Juana, 975 endecasílabos, trabajo de una calidad poética raras veces alcanzada por escritor alguno, viene siendo “dar expresión poética a la experiencia capital de su vida, la del fracaso de su afán de saber”, afirma el filósofo, el maestro José Gaos, y añade: “la literatura de lengua española sería paupérrima en este género del poema filosófico si no contara justo con éste”.

Mas con todo el saber que ella tuvo, el texto de Sor Juana que suele citarse siempre es la Sátira Filosófica, aquella que empieza diciendo “Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón...”

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Respuesta
De la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz
(Fragmento)

...Con esto proseguí, dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio a la cumbre de la Sagrada Teología; pareciéndome preciso, para llegar a ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿cómo entenderá el estilo de la Reina de las Ciencias quien aún no sabe el de las ancilas? ¿Cómo sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Retórica entendería sus figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saúl al sonido del arpa de David fue virtud y fuerza natural de la música, o sobrenatural que Dios quiso poner en David? ¿Cómo sin Aritmética se podrán entender tantos cómputos de años de días, de meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y otras para cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas, concordancia y propiedades de los números? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa del Testamento y la Ciudad Santa de Jerusalén, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes tan maravilloso? ¿Cómo sin Arquitectura el Gran Templo de Salomón, donde fue el mismo Dios el artífice que dio la disposición y la traza, y el Sabio Rey sólo fue sobrestante que la ejecutó; donde no había basa sin misterio, columna sin símbolo, cornisa sin alusión, arquitrabe sin significado; y así de otras sus partes, sin que el más mínimo filete estuviese solo por el servicio y complemento del Arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la Historia se entenderán los libros historiales? Aquellas recapitulaciones en que muchas veces se pospone en la narración lo que en el hecho sucedió primero. ¿Cómo sin grande noticia de ambos Derechos podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo sin grande erudición tantas cosas de historias profanas, de que hace mención la Sagrada Escritura; tantas costumbres de gentiles, tantos ritos, tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas reglas y lección de Santos Padres se podrá entender la oscura locución de los Profetas? Pues sin ser muy perito en Música, ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo a Dios Abraham, por las Ciudades, de que si perdonaría habiendo cincuenta justos, y de este número bajó a cuarenta y cinco, que es sesquinona y es como de mi a re; de aquí a cuarenta, que es sesquioctava y es como de re a mi; de aquí a treinta, que es sesquitercia, que es la del diatesarón; de aquí a veinte, que es la proporción sesquiáltera, que es la del del diapente; de aquí a diez, que es la dupla, que es el diapasón; y como no hay más proporciones armónicas no pasó de ahí? Pues ¿cómo se podrá entender esto sin Música?

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