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Tomás Moro
(Inglaterra, 1478-1535)
En 1535, después de haber tenido a Sir Thomas More como amigo y consejero, al nefasto Enrique VIII de Inglaterra no le agrada el libro De optimo republicae statu deque nova insula Utopía, que ahora conocemos con el título de Utopía, escrito por More en latín y en prosa, en forma de diálogo. Utopía, o plan de constitución social similar a La República de Platón, contiene ideas que las dictaduras consideraron ­y siguen considerando-- intolerables.

No solamente el libro le disgusta al rey inglés, sino que considera inadmisible que More no apruebe la disolución de su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena, a la que después mandará decapitar. No aprueba Sir Thomas las reformas que Enrique pretende introducir en la Iglesia anglicana para ponerla a su propio servicio. De manera que Enrique VIII ordena que a su canciller Thomas More le corten la cabeza en el Puente de Londres, y allí quedó exhibida.

El apellido More fue después latinizado en Morus y hoy se conoce como Santo Tomás Moro, canonizado por Pío XI en 1935, a aquel humanista generoso que defendió ideales nobles y fue amigo de grandes hombres como Erasmo y Juan Luis Vives. Desde 1935, el 22 de junio se festeja el día de Santo Tomás Moro y se ha dado en decir que es también “el día del político”. Pero hay de políticos a políticos y muy pocos tienen el idealismo y calidad humana que caracterizaron a Moro. Hoy, la palabra utopía, inventada por Tomás Moro para dar nombre a su isla imaginaria, ha quedado en nuestro idioma como aquel gobierno ideal inventado por el canciller inglés, y también como ilusión que parece imposible alcanzar.

Pero qué sucedía en aquella isla llamada Utopía, cómo se gobernaba, qué era lo que tanto indignó al tirano Enrique VIII y acabó por costarle la vida al autor del libro. En Utopía, Tomás Moro describe la miseria del pueblo inglés y enuncia verdades que fueron consideradas terribles: “Las ovejas han devorado a los hombres”. Es decir, el gobierno ha expropiado tierras comunales que pasan a ser propiedad de los favoritos del rey, quienes las convierten en pasto para el ganado, en tanto que los campesinos para sobrevivir tienen que convertirse en bandidos. “¿Qué hacéis sino crear vosotros mismos a los ladrones que después castigáis?”, escribe Moro.

En la imaginaria isla de Utopía la jornada de trabajo es de seis horas, para que al obrero le quede tiempo para cultivar su espíritu. Cómo no va a ser aberrante que los trabajadores se cultiven, cuando precisamente se trata de embrutecerlos. Hoy en día, para las dictaduras el problema es menor: a las masas se las puede embrutecer con ayuda de la televisión, por ejemplo.

Describe el autor de Utopía una recepción de embajadores vestidos de gala, a quienes los habitantes de la república ideal confunden con bufones de los embajadores mismos. Las leyes, en la república de Utopía, son pocas y claras; no se prestan a manipulaciones que propician la impunidad de criminales. La paz es considerada como fin supremo del hombre de Estado y nada es más reprobable que el triunfo ­imperialismo-- conseguido por la fuerza de las armas.

Hoy se llama “político” a todo aquél que, para bien o para mal, ocupa un cargo público. Pero el político a la manera de Tomás Moro tiene que ser capaz de sacrificar su fortuna y hasta su vida en aras de ideales que redunden en beneficio de la humanidad. Porque se consideraron estas ideas no aptas para el pueblo, Tomás Moro fue ejecutado. Pero nos dejó su libro, ahora prácticamente traducido a todos los idiomas.

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Discurso de Rafael Hitlodeo acerca de la mejor de las repúblicas, por Tomás Moro, ciudadano y vicesheriff londinense

(Fragmento)


Es así que cuando miro esos Estados que hoy día florecen por todas partes, en ellos no veo --¡Dios me perdone!-- otra cosa que la conspiración de los ricos, que hacen sus negocios al abrigo y en nombre de la República. Imaginan e inventan todos los posibles artificios, tanto para conservar (sin miedo a perderlos) los bienes adquiridos con malas artes, como para abusar de los trabajos y obras de los pobres, adquiridos a vil precio. Y los ricos promulgan el resultado de sus maquinaciones, haciéndolo los ricos en nombre de la sociedad y, por lo tanto, también en el de los pobres, dándoles fuerza de ley en esa forma.

Ello no obstante, esos hombres pérfidos, aún después de haberse repartido con insaciable codicia lo que bastaría a las necesidades de todos, ¡cuán lejos se hallan de la felicidad de la República de Utopía! Allí donde el dinero nada vale, no hay posibilidad de ninguna codicia. ¡Cuántas tristezas se evitan así! ¡Y cuántos crímenes extírpanse de raíz! Pues, ¿quién ignora que los fraudes, los robos, las depredaciones, las riñas, los tumultos, las sediciones, los asesinatos, las traiciones, los envenenamientos cotidianos, que pueden ser vengados pero no evitados con suplicios, desaparecerían si el dinero desapareciera? Y de igual manera el miedo, las inquietudes, los cuidados, las vigilias desaparecerían en el mismo momento en que el dinero desapareciese. La pobreza misma, única que parece necesitar del dinero, si desapareciese éste, también desaparecería y disminuiría notablemente.

A objeto de ilustrar esto, recordad algún año estéril e infecundo, en que muchos miles de hombres perecieron de hambre. Insisto en que si hubiesen podido abrir los graneros de los ricos al terminar la miseria, se habría hallado en ellos tanto grano que, al haber sido repartido entre los que murieron de hambre y de necesidad, ninguno de ellos se hubiese dado cuenta de las inclemencias del cielo y de la tierra. Tan fácil fuera dar sustento a todos, si no fuese por el maldito dinero, inventado para mostrarnos el camino del bienestar pero que nos lo cierra en realidad.

No ignoro que los ricos lo saben perfectamente y que no ignoran que más vale no carecer de lo necesario que poseer de lo superfluo en abundancia, y también que es preferible evitar males numerosos que sentirse obsesionado por exceso de riquezas. Tampoco tengo duda alguna de que, por interés propio o por obediencia a la autoridad de Cristo (que en su sabiduría infinita no pudo ignorar qué es lo mejor, y en su bondad pudo aconsejarles únicamente lo que mejor fuera), todo el mundo fácilmente habría aceptado las leyes de aquellaRepública, si no lo impidiera el orgullo, bestia feroz, soberana y madre de todas las desdichas, que no mide su prosperidad por el bienestar personal , sino por la ajena desgracia. Aun cuando se convirtiera en dios, el orgullo quedaría insatisfecho si no hubiera miserables a quienes dominar e insultar, cuya miseria realzaría su felicidad; y si la exhibición de su opulencia no oprimiese y encolerizase a la pobreza. Esta infernal serpiente, al arrastrarse por los pechos de los mortales, impídeles encontrar el camino hacia una vida mejor y sírveles de rémora. Por otra parte, está tan bien hincada en el corazón humano, que es difícil arrancarla de allí.

Me alegra que la forma de Estado que para toda la humanidad yo deseo la hayan encontrado los utópicos. Merced al sistema de vida que adoptaron han constituido no solamente la más feliz de las Repúblicas, sino también la más duradera, a juzgar por lo que pueden presagiar las humanas conjeturas. Extirparon de raíz, junto con los demás vicios, todos los gérmenes de ambición y todas las rivalidades, evitando de esta manera el peligro de discordias civiles que causaron la ruina de tantas ciudades. Asegurada la concordia interior, la solidez de sus instituciones, evita que la envidia de los príncipes vecinos turbe y conmueva su Imperio. Y tened presente que siempre que lo intentaron fueron rechazados.

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