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Virginia Woolf
(Gran Bretaña, 1882-1941)
Cuán inteligente la mirada en las fotos de Virginia Woolf; también cuán profunda tristeza. Mujer de talento que vivió prisionera de un ambiente burgués. Opresión por ser mujer, identidad de la escritora agredida por el cerrrado círculo de la Inglaterra de la época. Por encima de todo ello, el talento, el mundo de Marcel Proust, de James Joyce, de Thomas Mann. Describir durante páginas enteras un estado de ánimo, un color, un sonido, un recuerdo, o bien la fugacidad del instante actual. La creación literaria de Virginia Woolf, mundialmente reconocida como magistral, por su valía persiste, irremplazable a través de los años.

Lo contó la sirvienta después de la muerte de Virginia: “Louie, ¿quiere darle un trapo a la señora para que la ayude a limpiar los muebles?”, dijo el señor Woolf. Pero la señora no sabía limpiar muebles; la señora era poeta. Objeto de burla cuando en su jardín las ramas le arañaban el rostro al pasar demasiado cerca de ellas, sumida en su mundo interior. Aquel mismo día en que no supo limpiar muebles, desde el mismo jardín, caminó tranquilamente hacia las aguas del cercano río Ouse y se adentró en él. Hacía tiempo que pensaba en el suicidio.

En su obra póstuma, Entre los actos, en el sentido de entre las acciones, entre las apariencias, la escritora subraya: lo que cuenta no es lo que se hace, lo que aparentemente se hace, sino lo que está “entre” nuestras acciones; lo que cuenta es la realidad interior.

Virginia Stephen, hija de un historiador, vivió desde niña entre intelectuales y creadores. En 1904, al morir su padre, se estableció con su hermana Vanessa en en el barrio londinense de Bloomsbury y fue allí donde años más tarde su casa se convirtió en el centro del llamado “Bloomsbury Set”, lugar de reunión de escritores que dominaron la vida cultural en Inglaterra. En 1912 Virginia casó con Leonard Woolf, matrimonio que no fue precisamente un fracaso; al marido le dejó ella una nota diciéndole que le debía toda la felicidad que hubo en su vida. Pero siempre fue, Virginia, mujer apasionada por la inteligencia, mujer incomprendida.

Leonard Woolf fundó, en 1917, la editorial Hogart Press, que editó obras de Virginia, de T. S. Elliot y de muchos otros. A la generación de Virginia, llamada “la generación perdida”, pertenecieron Elliot, Aldoux Huxley, James Joyce, D. H. Lawrence y otros más. Como todos ellos, Virginia Woolf tuvo excepcional talento.

Los elogios de los críticos para la obra de esta escritora empezaron a producirse cuando la publicación de El cuarto de Jacob (1922), La señora Dalloway (1925), Al faro (1927). Siguieron Orlando (1928), Las olas (1938). En Las olas, fluir como las olas del mar de los monólogos interiores, en constante evolución y movimiento. Al faro muestra cada momento de la vida, cada evento al parecer más insignificante, como una obra de arte. El tiempo pasa, los seres cambian, el faro permanece. La sicología de Virginia Woolf, que ella llegó a dominar y expresar a semejanza de la sicología de Joyce, aquí se convierte en poesía.

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Al faro
(Fragmento)

Ha de haber llegado- dijo Lily Briscoe en voz alta, sintiéndose repentinamente exhausta. Porque el faro se había vuelto casi invisible, se había disuelto en una neblina azul, y el esfuerzo de mirarlo y el de imaginarse al señor Ramsay desembarcando allí, aunque parecían uno y el mismo esfuerzo, le habían exigido un máximo de tensión corporal y anímica. Sí, pero se sentía aliviada. Había terminado por dar al señor Ramsay lo que fuera que había querido darle cuando se separó de ella por la mañana.

“Ha desembarcado - dijo en voz alta- se acabó”. Entonces levantándose, resoplando ligeramente, el anciano señor Carmichael se colocó a su lado, con el aspecto de un viejo dios pagano, desgreñado, con algas en el pelo y el tridente (era sólo una novela francesa) en la mano. Se colocó a su lado en el límite del césped, agitando un poco todo su corpachón, y dijo, protegiéndose los ojos con la mano: “Habrán desembarcado ya”, y Lily comprobó que no estaba equivocada. No había sido necesario que hablaran. Habían estado pensando las mismas cosas y él le había contestado sin que ella le preguntase nada. El señor Carmichael se quedó allí, abarcando con los brazos abiertos todas las debilidades y los sufrimientos de la humanidad; le pareció que estaba examinando con tolerancia, compasivamente, su destino último. Y ahora lo ha rematado con gran esplendor, pensó, cuando sus manos descendieron lentamente, como si le hubiera visto dejar caer, desde su gran altura, una guirlanda de violetas y asfódelos que, aleteando lentamente, terminaba por posarse en el suelo.

Rápidamente, como si algo la hubiese llamado, se volvió hacia su lienzo. Allí estaba: su cuadro. Sí, con todos los verdes y azules, con las líneas que subían y que lo cruzaban, intentando lograr algo. Lo colgarían en el ático, pensó; se desharían de él. Pero ¿qué importancia tenía?, se preguntó, tomando de nuevo el pincel. Miró los escalones: estaban vacíos; miró su lienzo: resultaba borroso. Con repentina intensidad, como si la viera con toda claridad por espacio de un segundo, trazó una línea en el centro. Estaba hecho, acabado. Sí, pensó, abandonando el pincel, presa de la fatiga, he tenido mi visión.

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